Almas de fuego -Brujas de Zugarramurdi-

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GOYAA lomos de su caballo, un inquisidor me ha mirado con gesto incrédulo. He visto su cara en algún otro sitio. Siempre he memorizado los rostros de la gente. ¡Cómo no!, si incluso diferencio mis cabezas de ganado una a una. Pero ahora mismo me cuesta recordar, estoy bloqueado por el miedo. Ando en macabra procesión tras la Santa Cruz Verde de la Inquisición, entrando en una gran plaza de la ciudad de Logroño.

A través de un pasillo creado entre la multitud, voy encontrado miradas fugaces que destilan odio y temor. La chusma más crispada nos lanza orines y frutos putrefactos. Paradójicamente, el único gesto misericordioso ha sido el de ese rostro conocido del inquisidor. Nada más verme ha fruncido el ceño, y he vislumbrado su desencanto por encontrarme dentro de la fila hacia el cadalso.

¡Ya recuerdo quién es! Alonso de Salazar y Frías, él mismo me dijo su nombre cuando tuvimos un particular encuentro hará ya un mes, durante mi trashumancia anual desde mi pueblo, Zugarramurdi, hacia los pastos en la llanura del Ebro.

Así me paga la ayuda que le presté la noche en que lo hallé enfermo. Su carruaje se encontraba detenido en mitad del camino y él se apoyaba en el tronco de un haya, mareado y descompuesto. Yo lo sané, le ofrecí cobijo, reposo y sustento. Hoy ha pasado delante de este ignominioso desfile de condenados, con su aire de magnánimo redentor. Se ha dirigido al estrado, donde desmontará su cabalgadura, ocupará su estratégico lugar y escuchará nuestras sentencias previas a las ejecuciones y castigos.

Ni siquiera me quedan fuerzas para llamarle por su nombre suplicando clemencia. A duras penas avanzo entre esta manada humana resignada a su fatal destino. Deambulamos pesarosamente, mi respiración agitada se confunde con la de mis infaustos compañeros, me desgarra el alma algún lloriqueo humillado justo delante de mí y unos insistentes gritos desesperados más atrás. Aguanto mi ira, mi tristeza, mi desesperación o lo que sea que siento, envuelto todo en una insomne turbación.

El cúmulo de sensaciones me hace olvidar la vergonzante coroza que resbala desde mi cabeza hasta el suelo. Rápidamente un escolta armado se ocupa de encasquetármela de nuevo bruscamente, jaleado por el público.

Aún caminando agrupados, el frío viento de noviembre atraviesa el tejido recio del sambenito, enfriando el sudor del pánico que emana profusamente. Levanto la vista a lo alto de la cruz verde de la Santa Inquisición y, conmovido, imploro a Dios que me perdone por mis pecados, si es que alguna vez los he cometido.

Ruego a Dios como un nuevo Ecce Homo que carga con la culpa de los demás, con su vergüenza y con su animadversión. No sé quién habrá sido el confidente que habrá dicho de mí las aberraciones que he escuchado en mi acusación, nunca pude imaginar hasta dónde llegaría la mezquindad de mis paisanos.

Hacía tiempo que los calificadores de la Inquisición rondaban Zugarramurdi y otros pueblos cercanos, recopilaban información a raíz de unos supuestos aquelarres que se celebraban en las cuevas de mi pueblo. Debiera haber imaginado que después de mis paisanos más envidiados y por lo tanto odiados, podía ir yo, un ganadero trabajador y próspero. Cuando fui capturado me enteré de todo lo que se había llegado a decir de mí.

Según las malas lenguas que me han empujado hasta aquí, yo mismo llevaba  mis ovejas y cabras a no sé qué tipo de adoración satánica. También me enteré cómo se había difundido que usaba un alambique para destilar alcoholes con hierbas misteriosas. La única acusación real es que solía yo leer libros, aunque no precisamente textos malditos.

Cuando era niño, un viejo cura me adoctrinó en la lectura, y así pude disfrutar instruyéndome con los místicos San Juan de la Cruz o Santa Teresa, tuve el privilegio de aprender de la sabiduría de Santo Tomás y me llegué a emocionar con las epístolas de San Pablo. Poco importa que casi todas mis lecturas no tuvieran nada de herético. Podía leer, entonces podía ser un brujo.

Las acusaciones de mi propia gente se transformaron en preguntas capciosas, tendenciosas, la objetividad no es un valor para el tribunal de la Inquisición.

¿Verdad que preparas pócimas con las que hechizas a la gente? No, lo único que hago es aprovechar la sabiduría de mis ancestros para extraer de la naturaleza remedios naturales ¿No es cierto que usabas tus animales en los sacrificios paganos? Sin duda alguna oveja sacrifiqué, pero era para celebrar con mi familia los días grandes ¿Cómo es que un pastor como tú sabe leer y escribir? Precisamente me enseñó un cura, cuando vio de niño mi interés por las letras.

A cada una de mis negaciones, y de mis consecuentes alegatos, acudía el látigo a mi espalda, para que relatara la verdad tal como ellos la querían oir. Al final declaré que mis pócimas y brebajes los bendecía mi Dios, Satán, que en su honor sacrificaba animales, y que en mis habituales aquelarres daba lectura a libros malditos en mi desempeño de brujo maestro. El látigo, el insomnio y el miedo hacen testificar al más firme. Los pocos que, admirablemente, mantienen la verdad en su pedestal inamovible, perecen en los calabozos.

Tal vez yo mismo debiera haberme dejado matar. Un nudo de ira recorre ahora mi estómago al pensar en la última de las preguntas, a la que también contesté afirmativamente después de despellejarme la espalda entera a base de cientos de negaciones. Quisieron que aceptara que había matado a un niño como sacrificio al diablo, una acusación que jamás imaginé nadie podría achacarme. Yo tan sólo traté de ayudarle, el chico yacía con intensas fiebres en su cama, intenté aliviar esa calentura con una mezcla de corola de amapola, ortiga y tilo, un remedio casero que muchas veces me había funcionado. Por desgracia aquel pobre ángel estaba muy enfermo y no llegó al día siguiente.

Miro hacia arriba, me convenzo de que lo importante es que la cruz sabe la verdad. Ya tengo su salvación, pues soy buen cristiano, mis compañeros también tienen la salvación pues expían pecados impropios, incluso toda la plebe que nos rodea está libre de faltas en base a su ignorancia. Los únicos pecadores son estos verdugos de la Inquisición. Mis pequeños pecados son los de un pobre pastor, los suyos son los que serán enjuiciados duramente por Dios, cuya adoración han transformado en una verdadera secta de brujos.

Más allá de la cruz, el cielo se abre sobre Logroño. Su inmensidad me hace sentir pequeño, mi ira se deshace en un escalofrío y con una de mis últimas lágrimas pienso que esto ha de pasar en un breve suspiro. Con más fe que cualquiera de los clérigos que me rodean, retomo la confianza en Dios y la esperanza en la vida eterna que relatan los libros sagrados.

Empiezo a oler a humo, bajo la vista de la cúpula celeste y contemplo al frente cómo un verdugo ha prendido con su tea una hoguera en torno a una de las columnas. Ahí es donde voy a ser relajado a la justicia secular. Pero ya no hay miedo, las primeras llamas no me amenazan sino que empiezan a oscilar como fuego purificador, avivado por el fuelle de una suave brisa. Poco queda para que llegue el momento en que me consuma ante miles de personas.

Miro en derredor, a ambos lados. Sobre las cabezas de la gente ya se ven las gradas llenas de nobles y señores dispuestos para el espectáculo arrebatador del auto de fe, la celebración de la redención, la ostentosidad de la muerte. Pero no sólo están ellos, Dios también está presente, y se muestra de nuestro lado, recibiéndonos a cielo abierto.

Sí, frente a la oscura mentalidad de la Inquisición, el cielo brilla más que nunca, vistiendo a Logroño con sus destellos de oro, radiando su luz que atraviesa las ventanas, que se abre paso entre los corredores de los portales de esta gran ágora.

Sigo con el rostro levantado y lanzo al gentío una sonrisa que nace sincera dentro de mí, carente de sarcasmo o de temor. No soy un brujo, no escaparé en el último momento a horcajadas sobre mi escoba. Me elevaré después de que el fuego queme mi cuerpo, llegaré hasta el cielo azul. Mi alma volará libre de la carga de este mundo.

¡Dios santo! ¡Qué atrocidad!, un buen samaritano acusado de brujo. El mundo al revés. Este pobre pastor, a quien acabo de descubrir tras la Cruz Verde de los sentenciados, es Domingo Subeldegui, le conocí por casualidad hace bien poco. Viajaba yo en carruaje hasta Logroño y, cuando aún faltaban horas para llegar, mandé al cochero que se detuviera. Debieron ayudarme a descender, pues todo me daba vueltas. Había estirado lo máximo posible el viaje, pero mi estómago por fin había dicho basta. La tarde caía y mi cuerpo no aguantaba ni una legua más sin reposar.

En mi estado de indisposición, creí incluso que imaginaba el sonido de cencerros a lo lejos, pero no era cosa de la imaginación, pronto se hizo visible el rebaño y a su pastor. Se presentó como Domingo Subeldegui y me ofreció la pasta de manzanilla que recompuso mi estómago. Le dije que era un clérigo, y le oculté que me desplazaba a esta ciudad estrenando mi condición de Inquisidor Apostólico del Reino de Navarra. Convenía mi discreción porque mi primer caso rebosaba enjundia, nada más y nada menos que evaluar los preparativos de este auto de fe, para el que ya llevaban varios años recopilando información.

Cayéndonos encima la noche cerrada, Domingo Subeldegui nos invitó, a mí y a mis ayudantes, a descansar en un refugio cercano, derivando nuestro encuentro a una agradable velada al calor de la lumbre. Nos encontrábamos perdidos en el profundo bosque, pero con aquel sabio pastor, conversé como si estuviera ante un obispo sentado en su cátedra.

Hablamos largo y tendido. Teología, costumbres, filosofía, ganadería, leyes, todas eran áreas de su plática. Tan a gusto estuve a su lado que quizás la tertulia me reconfortara más incluso que el mejunje que me preparó para el estómago. Sin duda era mejor conversador que cocinero. Aunque traté de guardar las formas y las distancias, me tuve que rendir a la evidencia de que parlamentaba con un igual.

Siento una gran desazón al recordar cada detalle de aquella noche, porque mi anfitrión del bosque va a ser quemado hoy, como un brujo. Había leído su nombre en las acusaciones y pensé que sólo podía pertenecer a un homónimo. Ahora que he comprobado con mis ojos que avanza entre los acusados, no he podido creerlo. Sin duda el rencor y la maledicencia de sus paisanos le han llevado a la perdición.

Pero lo peor de todo, es que tampoco creo en el resto de casos de brujería. En el poco tiempo en que llevo desempeñando mi rol en la Inquisición ya pienso que sobrepasamos los límites de nuestra justicia eclesiástica, entrando a saciar ansias de control y poder, infundiendo fe y miedo como si ambos fueran la misma cosa.

Puedo estar de acuerdo en que se castigue a los cristianos nuevos de judíos, que siguen respetando los sábados, y a los moros apóstatas. Es más, entré en la Inquisición estimando apropiados los castigos a estos impíos. En nuestra presencia todos ellos se arrepienten, reciben sus azotes y se les envía a la cárcel, o a remar a galeras, sin sueldo. El adoctrinamiento de las gentes hacia la luz del cristianismo se antoja necesario. Pero todo esto de los autos de fe, con sacrificios humanos, es detestable.

Pero poco puedo hacer hoy ante los votos, contrarios a mi voluntad, del doctor Alonso Becerra Holguín y el licenciado Juan Valle Albarado. Ambos mantienen su firme convicción de la procedencia de este auto de fe. El tribunal ya ha dictado sentencia.

No basta con la tortura que se ha infringido a estos pobres, cinco de ellos ya fallecidos en los calabozos a golpes de nuestros verdugos. Víctimas que, para mayor deshonor también van a terminar con sus huesos en el fuego. La inquisición quiere más y más, el acto público, la demostración de poder sobre las conciencias. Los autos de fe se han convertido en un claro ejemplo de monstruosidad humana.

Sinceramente me supera. No veo la relación entre nuestra devoción y este despropósito. Menos entiendo racionalmente que, gente como nosotros, formados, licenciados en cánones y en Derecho, asumamos que es correcto ponderar la vida de muchas personas en base a testimonios de gentes perturbardas, temerosas o simplemente envidiosas. Para después sonsacar declaraciones paralelas a golpe de verdad sobre las carnes abiertas.

Se les acusa de las malas cosechas, de celebraciones carnales con inocentes vírgenes, de orgías y vicios inconfesables, de volar sobre las poblaciones en las oscuras noches.  ¡Incluso se les acusa de matar a niños!, como es el caso de mi pobre amigo pastor.

Sé que Domingo Subeldegui sería incapaz de tal aberración, a la luz de su razón y sus valores que yo mismo testé aquella noche en el bosque. Aunque sólo sea por la memoria de este pobre pastor, por el que poco puedo hacer al cernirse sobre él acusaciones atroces, investigaré y limpiaré de mácula su nombre y el de los demás acusados.

Conseguiré un edicto de gracia, el tiempo les devolverá su reputación, que no su vida. Pero para ser consecuente conmigo mismo tendré que hacer más, lograré cambiar todo esto, con argumentos de peso. Encontraré pruebas irrefutables con las que promover la abolición de la pena de muerte de muchos otros inocentes como estos.

Por desgracia, este auto de fe no tiene marcha atrás. No me queda otra opción que aguantar estoicamente la lectura de las sentencias extraídas del cofre que porta la acémila.

Si de verdad los condenados: Domingo Subeldegui, Petri de Ioan Gobena, María de Arburu, María de Chachute, Graciana Iarra y María Bastan de Borda fueran brujos, si ciertamente estos cinco que han de morir tuvieran esos poderes que se les adjudican, saldrían volando sin dudar por encima de nuestras cabezas, escapando de la muerte. Nada de eso va a ocurrir, aunque sí confío en que al menos, después del sufrimiento del fuego, vuelen libres sus almas.

Nota: En 1614, gracias a un extenso informe de Alonso de Salazar y Frías, el Consejo de la Suprema y General Inquisición dictó una instrucción donde prácticamente se abolía la caza de brujas en toda España.