And the winner is…

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oscar

A raíz de la curiosa semejanza revelada por su sobrina Margaret, su tío comenzó a soñar cada noche que cohabitaba en las alcobas de Katharine Hepburn, Ingrid Bergman o Bette Davis, quienes alguna vez confesaron dormir abrazadas a sus Oscars.

Incitado por esos sueños dulces, y aprovechando su indudable parecido con la estatuilla, un día decidió pasar a la acción; con la ayuda de un buen maquillaje se atrevió a suplantar cada noche a alguna de sus esculturas. Las oscarizadas actrices de renombre durmieron con el tío Oscar sin percatarse del cambiazo. Todas ellas sucumbieron a los encantos de la figura dorada que dormía a su lado, cobijando con deseo su pedazo de gloria.

Se corrió la voz, Óscar se había hecho humano y accesible. El mundillo entero del cine pretendía lograr sus favores. Lo pasó bien al principio, le invitaban a todos los saraos y presto acudía con su piel tiznada de oro, su vieja espada y su bobina de celuloide bajo los pies. Hasta que conoció de las manías, la prepotencia y la hipocresía de los que le adulaban y perseguían.

El tío Óscar, cansado de la falsedad, abandonó su disfraz para regresar a la rutina; su viejo sueño amable se convirtió en una pesadilla kafkiana en la que al despertar, se metamorfoseaba en una maciza estatua de rancio cobre bañado en oro.