Bajo los palos

0.00 avg. rating (0% score) - 0 votes

bajo los palos

Revista de literatura “Ágora. 2007. Ilustración: Víctor Mógica Compaired.

Nunca entendí ese extraño gusto por colocarse bajo la portería en el patio del recreo. Mientras todos los chavales corríamos hacia el campo, sin miedo a partirnos los huesos, abrirnos brechas y rompernos las gafas los que las llevábamos, Juancho andaba tranquilo en dirección a la portería pintada en tiza sobre la pared del recreo. Durante su firme caminar, se colocaba pausadamente sus viejos guantes oficiales, con los que detenía balones imparables porque alargaban artificialmente el tamaño natural de sus manos.

A Juancho le gustaba el fútbol. Sin embargo, estaba incluido dentro de ese escaso porcentaje de gente a la que le encanta ser portero. En la escuela la estadística siempre se reducía a la hora de encontrar un buen guardameta. Se hacía muy difícil, aparecía en una proporción inferior al número de zurdos, cojos, mancos o miopes que pudiera hallarse en cualquier aula.

Los chicos de Tercero B tuvimos suerte. Ya podía lapidar la dura sorna o llover a cantaros, Juan siempre se ubicaba tranquilo bajo los palos. Como única protección se ajustaba su gorra del mundial 82, bajo la cual nunca se discernía su mirada. Únicamente por un gesto de sus labios podías entender que disfrutaba siguiendo el transcurso del juego. Se desplazaba a saltitos, en cuclillas, atisbando, entre los remolinos de piernas de los jugadores, su objetivo más preciado: el esférico, tal como lo llamaban los locutores en las retransmisiones dominicales.

Juancho destacaba por su tranquilidad, y en esa especie de serenidad escondía sus emociones. Sólo se le veía sonreír ligeramente cuando atrapaba un balón y alguien gritaba: “¡Buena parada, tigre!”

Por eso, creo que la fecha más triste de Juan se señaló la tarde en que abandonó todas las porterías del mundo. Ocurrió un caluroso sábado. El partido final de la temporada se fijó muy temprano, a las tres de la tarde en la pista central del pabellón deportivo. Yo acababa de meterme un buen plato de macarrones y mi estómago pesaba como un saco de patatas. Aunque sólo jugué cinco minutos, sudaba a cantaros. Me alegré de que concluyera el partido con empate a cero, por mi cansancio y por mi fe ciega en los guantes de Juancho La tanda de penaltis nos daría la victoria de la temporada. Así lo sentía, con esa seguridad infantil en un padre, o en un ídolo.

Pero el otro portero no era manco. Al ver cómo alcanzaba de un salto la base del poste en el primer penalti ya no me animé a lanzar desde el punto fatídico. Y menos mal que no tiré. Aquella ronda de penales fue la más sorprendente que he visto nunca. Todos los jugadores fallaron los primeros nueve disparos. Antes del último lanzamiento, Juancho pasó a mi lado para dirigirse a la puerta, una portería de las de verdad, con postes metálicos y red al fondo. Le animé: “¡Venga, tigre!”. Poco después volvía a verlo entrar en escena, desde esa distancia que separa la acción de la cómoda reserva.

Para el último intento, Juancho ejecutó sus movimientos habituales, esas oscilaciones de cadera que habría visto a Vitaller y que le disponían para ejecutar el salto del tigre.

El lanzador contrario, un corpulento defensa que se había dedicado durante todo el partido a empujarnos y amedrentarnos apoyaba sus manos sobre sus caderas. Con el pie derecho deslizaba levemente el balón, esperando a que el árbitro diera la señal. Cuando el pito sonó, aquel chico anduvo hacia atrás para coger carrerilla. Se lanzó como un toro y chutó con todas sus fuerzas. Juancho la paró sin problemas.

“¡Tigre!” grité incorporándome en un alborozado salto. Desde mi ángulo no pude discernir cómo aquel condenado esférico se colaba bajo el sobaco de nuestro portero.

Cuando vi el balón alojarse lentamente en la malla, girando sobre sus pentágonos negros, con mala sangre, con ironía, volví a sentarme desarmado. Igual que yo, el resto de los chicos. El otro banquillo quedo desierto, sobre éste, alguna chaqueta de chándal quedó en suspenso en el aire, su propietario había saltado hasta el centro del campo para celebrar la apurada victoria.

Mi vista recorrió caprichosa toda la cancha, aquel brillante parqué del pabellón municipal, nuestro Bernabeu particular. Al final mi visión se detuvo en Juan, permanecía tumbado, casi en la misma posición en la que inicialmente creí que había detenido el balón. Su gorra bien ajustada mantenía con decoro la imprevisible mueca de la derrota.

Hay que ser de una pasta especial para ser portero, siempre se ha dicho. Aquel día la pasta de Juancho se deshizo como plastilina. Nunca más se colocó los guantes y el grupo de amigos de Tercero B se quedó sin arquero oficial. Desde entonces nuestros partidos en el recreo se disputaron en medio de continuas broncas por dilucidar a quién le tocaba colocarse bajo el marco de tiza. Por supuesto, ante el desconcierto generado, nunca más jugamos una final del pueblo.

Poco tiempo después de aquella final, España se enfrentó a Francia en un mundial, o una Eurocopa, ya no me alcanza la memoria. Tan sólo recuerdo con certeza el momento en que Platiní lanzó un penalti, tal vez una falta. Arconada también detuvo el balón en primera instancia, hasta que su propio cuerpo cayó a peso sobre su axila, aplastando el balón, dándole como única opción la puerta hacia dentro.

“!¿Dónde vas tu ahora?!” Preguntó mi padre entre fastidiado por la cantada y sorprendido por mi repentina prisa.

Le contesté que tenía que llamar a un amigo. Cogí el teléfono del pasillo y llamé a Juan.

“¿Has visto, Juancho? Arconada, tío, Arconada”. Con aquellas palabras sin sentido quería expresar muchas cosas: Que hasta los mejores fallaban, que se diera otra oportunidad, que todos deseábamos que volviera.

Sin embargo Juancho el tigre, nunca volvió a enfundarse los guantes. Nunca entendí su actitud, y tras conocerle, siempre he ratificado que los porteros son tipos peculiares.

Sinceramente, sigo sin compartir esa pasión del arquero. Hoy, cuando contemplo un partido en el campo, pienso en el contradictorio deseo macabro que gobierna a estos jugadores definitivos. Una parte de sí mismos ansía mostrar sus capacidades, y para ello necesitan el peligro, que un jugador contrario chute a puerta. Mientras se lanzan a por el balón los corazones se contraen de puro miedo, los porteros juegan con eso. Debe ser una sensación peculiar, sin duda.

Amantes del morbo, del juego al borde del precipicio. Voluntarios que salen a la pista del circo para regocijarse cuando el cuchillo se clava silbando a su derecha. Pero hay un problema básico para este puesto, cualquier jugador puede hacer un pésimo control, perder el balón en un mal regate, incurrir en fuera de juego, cometer una falta. Un portero no puede fallar. Por eso no cualquiera vale para colocarse bajo los palos. Juancho lo entendió demasiado pronto, quizás antes de que su personalidad madurara y llegara a adquirir la fortaleza que necesitan esa clase especial de personas. Aquellos que, sin saber muy bien porque, mientras el resto de los chavales corren, se dirigen a paso lento a colocarse bajo un marco pintado con tiza.