Homo Domésticus

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Homo domesticus

 

Revista literaria “Ágora”. 2008. Ilustración Víctor Mógica Compaired.

 

Oculto entre la maleza de la sabana africana, el homo sapiens acecha a un monstruoso animal de cuello largo y piel moteada que alcanza a comer las hojas de las copas de los árboles. El cazador respira sigilosamente, no quiere que la gigantesca pieza huya.

Muchos años después, un descendiente de aquel protohombre observa, en el zoológico de una gran ciudad, la peculiar anatomía de la jirafa dentro de su jaula. El hombre moderno sabe que el largo cuello de ese animal es una forma de necesaria supervivencia evolutiva.

Desde uno a otro individuo, la inteligencia del ser humano se fue extendido a sus anchas en un creciente cerebro. Pasó de utilizar su materia gris para la caza o para curtir las pieles, hasta darle otros múltiples usos. El aumento potencial en el uso de esa inteligencia evolutiva parece que perfeccionó a las personas.

El humano que observa a la jirafa, estornuda repetidamente, saca de su bolsillo un tubo de pastillas para el resfriado y toma una, asumiendo una nueva clase de vulnerabilidad del hombre moderno.

En claro contraste, su antecesor, el homo sapiens vivía en la cueva, se mojaba la piel con la lluvia, pasaba frío en invierno, no tomaba pastillas al estornudar y de una certera lanzada era capaz de matar a la jirafa.

Comportamientos de la misma criatura en distintas etapas, misterios de la evolución que, como primera premisa supone un cambio, un reparto constante de genes, como un crupier que mezcla la baraja de la herencia para disponer, sobre el tapete del mundo, nuevas formas de vida. Como cualquier juego de cartas, se pueden ejecutar mágicos trucos.

La mágica teoría de la evolución nació rompiendo moldes para el momento histórico que se vivía. Darwin, haciendo gala de su inteligencia y con el fin de que todos los idearios morales tuvieran cabida, planteó una paradoja que le disponía éticamente en tierra de nadie.

Para él los grandes cambios que diferencian al ser primigenio del ser evolucionado se producen porque en un momento dado aparece la diferencia, el salto evolutivo, Darwin no acierta a discernir cómo se perpetúa el cambio positivo, sabe que estadísticamente es prácticamente imposible que lo distinto subsista entre lo uniforme, sin embargo es evidente que la evolución parte de esa diferencia que surge un buen día.

Dios, azar, sea lo que fuere lo que permite que lo raro prospere entre la medianía de una especie, es algo que  se escapa a nuestro entendimiento. Pero este desconocimiento no nos exime de un poder de intervención sobre nuestra propia evolución.

Constantemente hemos producido nuestros propios cambios, uno de los más destacados es la medicina que nos previene desde un simple resfriado a dolencias otrora fatales; también hemos desarrollado costumbres que anteponen el raciocinio a la fuerza y hemos tomado hábitos donde prevalece la ergonomía al esfuerzo. Se ha preconizado el valor absoluto de la inteligencia por encima de cualquier otra mejora evolutiva basada en algo más físico.

H.G. Wells barajó esta influencia propia de nuestra evolución. El escritor, como muchos otros, también sucumbió al influjo de Darwin, mamó desde joven las teorías de este gran científico, y trece años después de su fallecimiento, Wells se atrevió a plantear, tomando como fundamento la teoría de la evolución, una posibilidad de nuestra progreso en el futuro por medio de una novela: “La máquina del tiempo”. En ella nos presenta a un ser humano en una situación muy distinta a la actual.

El viajero de la máquina del tiempo avanza miles de años hasta el 802.701 y se encuentra con que la situación del ser humano ha cambiado mucho, el aprovechamiento de la inteligencia como arma evolutiva ha sido sobreexplotado, proponiendo estilos de vida centrados en la comodidad, careciendo del espíritu de superación, degenerando en una humanidad débil, fácilmente vencible, a expensas de cualquier especie y cediendo el pico de la pirámide depredadora.

Otra interpretación cercana a ese vistazo pesimista del futuro se puede vislumbrar considerando que actualmente todos tenemos claras opciones de supervivencia. Los humanos, fuertes o débiles hemos adquirido el derecho natural y moral a subsistir y procrear. La evolución se convierte en una miscelánea caprichosa en manos del propio ser evolucionado.

Evidentemente, lo más común es la debilidad; lo especial, esa chispa divina, ese golpe de azar, favorece nuevas formas de fortaleza. Con nuestra tendencia a potenciar la mediocridad, lo común de la especie, pudiera ser que estuviéramos multiplicando lo ordinario hasta el infinito, anulando el salto evolutivo.

En ese sentido, tras el fantasioso viaje de la máquina del tiempo de Wells se anticipa el declive de nuestra estirpe, avanzando a la deriva hacia una especie débil, sumisa, temerosa, supeditada a la voluntad de individuos más fuertes.

Mientras te imbuyes en la lectura de “la máquina del tiempo” descubres esa clara y lastimosa involución, la fantasiosa hipótesis interpreta el proceso de nuestra democratizadora moral social del presente como un flaco favor para un futuro lejano.

Todos los animales evolucionan en constante adaptación y sintonía con el cambiante entorno, esa especie de azar o ese Dios poderoso que marcan la evolución hacen brotar la diferencia positiva, y mágicamente la preservan ante nuevas exigencias ambientales con el propósito firme de que la vida continúe.

Parece que el ser humano ya no confía en el azar, o tiende al agnosticismo y decide tomar sus propios medios para defenderse de los cambios.

Como expone Darwin en uno de sus ejemplos, un ave que nace con un nuevo pico curvo puede mejorar la especie. La curvatura le puede otorgar alguna facilidad frente al pico recto. Nuestro pico curvo, nuestra arma evolutiva es la inteligencia, pero es un arma de doble filo, una virtud que podemos
controlar, encauzar y manipular a nuestro antojo.

Nosotros, el homo domesticus, puede que estemos haciendo de la comodidad, del ideal de la sociedad fácil un sistema a alcanzar. La meta a conseguir es superar el esfuerzo. La culminación de nuestra evolución es conseguir que nuestros mecanismos, nuestros inventos, frutos de nuestra inteligencia, hagan el trabajo por nosotros.

Ante la adversidad, frente a un cataclismo natural o una variación inesperada del entorno, la especie inicial, el homo sapiens, se dispondría con más fuerza y posibilidades que un homo domesticus que, una vez despojado de su comodidad, se transforma en la presa fácil, en el último nivel de la escala evolutiva.

En ese caso, frente al planteamiento fatal de un futuro inquietante, tendría que ser Dios, o esa especie de azar (la chispa que no alcanzó a explicar Darwin), quien haga surgir una mejora frente a la ineptitud de nuestra engreída inteligencia.