La casa en el bosque

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La casa en el bosque Victor agora 2005

Revista literaria “Ágora”. 2005. Ilustración: Víctor Mógica Compaired.

No recuerdo quién habitó aquella casa de madera, si es que en algún tiempo llegó a estar habitada. Tampoco comento con nadie mi extraña atracción por ella. La antigua vivienda se esconde, como un refugio encantado y lúgubre, entre los brazos del frondoso y sombrío bosque.

Mis ociosas tardes, de estos desocupados días en el pueblo, se reducen a alguna partida de dominó en el bar y a mis reiterativos paseos hasta la casa abandonada.

__ Estás más delgado, Manuel. – Me dice Miguel, uno de mis compañeros de partida en el bar.-

__ Camino mucho, el ejercicio es bueno para el cuerpo. – Le respondo.

__ El cuerpo ya no importa para nosotros, viejo leñador, lo importante es ejercitar el alma. – Me asegura Ricardo desde dentro de la barra mientras, ridícula e inútilmente, se empeña en sacar brillo a una vajilla roñosa y polvorienta. –

En cuanto termino la partida suelo marcharme, acompañado por un eco de voces que perdura aún cuando salgo por la chirriante puerta del bar. Camino despacio entre el silencio de un pueblo que está demasiado callado últimamente, como si una tormenta de verano hubiera arrastrado los gritos de los niños y las voces de sus inquietadas madres.

Mis pies parecen andar solos, se dirigen con naturalidad hacia la misteriosa casa del bosque. No hay quien los detenga, parecen ser conducidos por una magia incontrolable o, más sencillamente, por una rutina mecánica.

A lo lejos veo a Calixto, camina cabizbajo junto a su mula; conforme se acerca descubro que va silbando una canción.

__ ¡Ey! Manuel. ¿Dónde vas?  –. Me pregunta al levantar la vista y descubrir que me tiene a escasos metros ya. Mientras me habla, lo miro de arriba abajo y descubro que va absurdamente vestido con elegante traje de domingo, siendo que viene con la mula de faena.

__ A dar una vuelta – Aseguro soslayando la risa.

__ Cuando puedas ya me traerás un buen fajo de leña que me he quedado sin nada.

__ De acuerdo – Asiento con la cabeza agachada para que no descubra la burla y estupor en mi rictus.

Prosigo con la caminata y, a la salida de mi viejo pueblo, encuentro a una pareja foránea cargada con unos macutos inmensos que les sobrepasan las cabezas. Les saludo, pero ellos no dicen nada, me ignoran completamente. No sé qué van hablando de un pueblo fantasma.

Les olvido pronto, he llegado hasta la vereda que conduce a la casa y, tras echar un vistazo a diestro y siniestro, me adentro en el sendero, que enseguida es devorado por la arboleda.

Mi profundo respirar se confunde, en aquel bosque, con los sonidos lejanos del río y el zumbido incesante de los mosquitos; al final, en un claro, aparece la casa; atractiva, encantadora, embaucadora, hipnotizante.

Mis pasos siguen conduciéndome, más cerca. En un recibidor natural y exterior de la casa puedo ver un tocón de roble y, sobre él clavada un hacha.

Me planto frente a la puerta y llamo, con la vaga idea de ser la primera persona que llama a esa puerta en los últimos cien años.

Marina, mi mujer, abre la puerta y me recibe con alegría, es ella la que siempre me devuelve a la realidad, de repente recuerdo que esa es mi casa, ahí fuera está mi hacha, donde cada mañana corto la leña.

Por la tarde ya es otra cosa; en cuanto cojo la vereda para ir al pueblo a jugar mi partida de dominó, me quiero olvidar de todo; por unas horas quiero creer que mi pueblo sigue siendo el mismo, que nada está abandonado, que nada está perdido.

En el breve periodo vespertino que pasa desde que salgo de mi hogar hasta que regreso, me obceco con que nada ha cambiado desde aquellos años, aquellos magníficos días en que, Miguel, Ricardo, Calixto e incluso Marina y yo, estábamos vivos.