La luz del diablo, de Karin Fossum

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La novela policíaca aparece dispersa hoy en día entre novelas negras y thrillers, o sea, con un componente de cierto punto gore, que se recrea en matices oscurecedores de la trama.

La propia Karin Fossum se ha asomado en esta tendencia, de manera descarada, en esta cuarta entrega para su inspector estrella Konrad Sejer. Esta autora sueca, el equivalente a nuestra Dolores Redondo, venía cautivándonos con cada una de las nuevas investigaciones del susodicho inspector Sejer, y aquí presenta su caso más escabroso y rocambolesco.

Hay algo de un posible fatal destino en las casualidades, un aroma a coincidencia como posible punto de inflesión hacia la suerte o el peor de los infortunios. Desde ahí nace esta historia.

Dos chavales cometen un robo. No son dos malhechores consumados, aunque sí que rondan la delincuencia juvenil con demasiada frecuencia. Hasta ese nuevo día en el que deciden volver a robar, a la búsqueda de un dinero rápido…

El robo no sale nada bien, consiguen hacerse con el bolso de una mujer, sin darse cuenta en su alocada huída de que han provocado un accidente fatal en el que el hijo de la dueña del bolso acaba falleciendo. La suma de fatalidades tan solo acababa de desplegarse como ese oscuro destino que se cierne inesperadamente una vez que te entregas al mal.

Poseídos todavía por esa extraña sensación de triunfal delito, Andreas y Zipp no acaban el día sin buscar una nueva víctima. Casualidad o no, Irma, una anciana pasa por sus vidas como un blanco perfecto. La siguen hasta su casa bajo la complicidad de la noche. Andreas se dispone a asaltar la casa de la señora, Zipp espera inquieto su regreso con el nuevo botín.

Y así se quedó, esperando….

Konrad Sejer, en su papel de inspector, conoce de ambos casos, cuya única coincidencia temporal no despierta en él la menor sospecha. Tal vez si Konrad meditara sobre las casualidades, sobre las cadenas que eslabona el mal una vez iniciado el juego podría intuir que algo extraño enlaza ambos casos.

Solo el lector tiene el privilegio de conocer ese casual vínculo que conduce hacia una casa cualquiera, donde vive una apacible señora mayor, con su vida tranquila de televisión, ganchillo y sus visitas para ordenar el sótano.

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