La utopía del consumidor

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la utopía del consumidor ilustración Cruz

Revista literaria “Ágora”. 2009.  Ilustración: Cruz Navarro Durá

Tal vez se pueda aprender de las derrotas, al menos es lo que se suele decir. El mundo es un mercado global vencido, mantenido en un equilibrio inestable que sufre una gran crisis que apadrinaría el mismísimo Malthus. Ahora toca buscar soluciones para salir del agujero reforzados, renovados con ideas alternativas.

El origen y el término del problema a solventar se encuentra en el desajuste que establece la mayor parte del capital circulante en manos de multinacionales, máquinas descorazonadas que se mueven con el único criterio de amasar más y más beneficios. La responsabilidad de sus gerentes se difumina bajo personas jurídicas con pleno poder de acción y escasas intenciones de compromiso social.

Algunas grandes firmas quebraron, y sus multimillonarios administradores pidieron auxilio para sus criaturas. Para evitar la psicosis, algunos gobiernos, encabezados por Estados Unidos, insuflaron dinero recabado de los bolsillos de todos y cada uno de los contribuyentes. Una indudable injusticia, una bofetada en la cara con la mano invisible de Adam Smith.

En estos días ha quedado claro que el liberalismo desaforado no es la mejor forma de articulación económica. Pese a que se intuía que la recesión podía llegar, el avance descontrolado parecía contar con la aquiescencia de una sociedad complacida, absorta mirándose la pelusilla del ombligo.

La causa de este aturdimiento generalizado también se localiza en el insensato afán crematístico del capitalismo que, para lograr sus fines, usa una deleznable capacidad de compra de cualquier iniciativa insurgente. Desde la revuelta hippie al Che Guevara, todas las vías de protesta revolucionarias han sido devoradas por el interés capitalista y trastocadas hasta acomodarlas a su antojo, como un producto más. La perspectiva final es que el estado del bienestar completo se reduce al consumo, una premisa acuñada hasta la saciedad en todo mensaje publicitario. La fórmula tiene mucho que ver con el Gran Hermano de George Orwell y sus eslóganes, con un vaciado del sentido de las palabras que igualmente ya anuncia Irene Lozano en su libro: “El saqueo de la imaginación”.

Sin embargo, la globalización ofrece unas posibilidades inmensas a los ciudadanos del mundo, verdadero sustento y motor del sistema. Ciertamente la fuerza del consumidor es imponderable, pero está desgranada en un individualismo desquiciante. No hay ninguna organización real y efectiva de consumidores paralela al devenir económico del mercado, tan sólo conocemos unas ventanillas a nivel local con tintes institucionales, burocráticos, poco atendidas y menos eficientes.

Se observa claramente la desigualdad que esto plantea con un ejemplo, hay que imaginar una multimillonaria persona jurídica sentada en la mesa de póquer frente a un ciudadano de a pie con las cartas descubiertas…, desproporcionado e injusto.

En el intercambio comercial, los consumidores deberían poder actuar en igualdad de condiciones que las multinacionales, con una única voz igual de fuerte que controlara y matizara todos los desvaríos del ambicioso y chirriante mecanismo del mercado. Hasta ahora cada particular únicamente puede clamar en el desierto laberíntico de Atención al Cliente a través de algún inoperante 902.

Para posibilitar la igualdad de trato, las organizaciones de consumidores deberían potenciarse hasta la enésima potencia, alcanzando la altura de las grandes empresas, en un entramado que aunara la fuerza y que agilizara los trámites en su mínima expresión por medio de cauces previstos o protocolos de actuación unitarios.

El Estado también debe respaldar a sus ciudadanos cuya condición más relevante es la de consumidores, velando así realmente por una justicia social. Y debería hacerlo porque el mercado daría mucho más de sí cuando todo el mundo tuviera mayores oportunidades de consumo en un sistema perfeccionado no tan dependiente de unos pocos y grandes capitales concentrados.

En este sentido, muchos economistas y sociólogos defienden la viabilidad de una renta básica mundial que situaría a muchos ciudadanos con un poder adquisitivo para cubrir sus necesidades. Partiendo de ese mínimo, cada cual podía desarrollar más o menos sus aspiraciones, pero al menos podría pensarse en extinguir la pobreza y el mercado seguiría creciendo encontrando nuevos clientes.

Para hacer de esta utopía una realidad, los gobiernos tendrían que aunar esfuerzos, sometiéndose a un reglaje global efectivo, aprovechando algunas instituciones de índole mundial ya existentes que podrían potenciar su labor, hasta ahora meramente representativa.

Los cambios suelen ser difíciles, más todavía si hay un convencimiento vacuo de vivir cerca de un estado de bienestar al alcance de las manos. Por eso, aunque suene paradójico, al llegar una gran crisis con sus grandes dudas es el momento idóneo de buscar alternativas en pos de un mundo verdaderamente mejor.