La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq

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Entre el ruido propio de nuestra rutina, entre el frenético ritmo de vida, la alienación y los creadores de opinión que nos piensan, siempre está bien encontrar libros como La posibilidad de una isla, una obra que si bien parte de un entorno absolutamente Ciencia Ficción, nos abre la mente hacia un pensamiento existencial abstraído de nuestras circunstancias.

Porque la ciencia ficción tiene mucho de eso, de convertirse en un prisma desde el que poder ver diferente, una nave espacial con la que divisar nuestro mundo desde la visión privilegiada de lo ajeno. Leyendo CiFi pasamos a ser extraños a nuestro mundo, y solo desde el exterior se puede entender objetivamente lo que ocurre dentro.

Daniel24 y Daniel25 son, como fácilmente se puede adivinar, clones. Su existencia es infinita, la inmortalidad es una opción. Pero la existencia sin límites tiene sus bestiales carencias. ¿Qué sentido puede tener vivir eternamente si la contrapartida es no valorar el instante? Estos clones son seres vacíos, anulados.

Todo funciona en la vida gracias a su consabida caducidad. Se desea lo fugaz, se anhela lo efímero, se ama lo que se puede perder. Nada más cierto que estos axiomas sumamente fáciles de entender. Michel Houellebecq aporta su toque sarcástico, un humor que resuena como el eco en un cosmos vacío, una risotada como el estrépito de todas nuestras vanidades.

Los dos clones, 24 y 25 encuentran los diarios de su ser primigenio, el original, como se nombra en la novela. El testimonio de este ser finito del que ambos clones partieron los alcanza hasta volver a activar su chispa de la vida, esa que se enciende vigorosa porque también anticipa su ineludible extinción. Las dudas despiertan sensaciones y emociones. Reaparece el amor y el placer, y entonces todo se pone en tela de juicio, incluso la obsoleta inmortalidad.

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