Os salvaré la vida, de Joaquín Leguina

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Los de un bando y los de otro, los mártires nacionales o los mártires rojos. A veces parece que la cuestión es discernir quién mató más o con más saña. La justicia no es cuestión de cuantificar sino de resarcir, y en ello estamos todavía hoy en día.

Pero en la refriega de ideales que tratan de buscar esa victoria moral a posteriori, basada en una especie de beatificación de un bando u otro, aparece el recuerdo de personajes excepcionales, que actuaron porque sí, pensando en la vida de los semejantes por encima de cualquier otro condicionante.

Melchor Rodríguez era un anarquista convencido con sobresaliente protagonismo durante la Guerra Civil Española, un protagonismo soterrado por las grandes batallas, por las victorias, las derrotas o los partes de guerra. Melchor Rodríguez tenía gran poder al mando de las cárceles oficiales que recogían a sublevados del bando nacional, y usó su poder para imponer cordura entre toda esa locura que desboca las almas de unos y otros cuando las armas hablan.

Pero ante todo, Melchor era un tipo con principios y moral, con un convencimiento profundo de que el bien y el mal tienen un límite mucho más claro que el mutable ajuste de la razón, los ideales y por qué no, de las emociones. Salvar a multitud de presos nacionales, liberarlos de aquellos ominosos paseos al atardecer, librarlos de todo tipo de vejaciones, acogerlos y darles refugio… acciones que pusieron en riesgo su cargo, por supuesto, pero también su vida y la de sus familiares.

El bien último es una especie de respeto a un único mandamiento: no matarás, no violarás, no vejarás, no maltratarás. La asunción completa de la involabilidad de la persona en cualquier aspecto, con tinte religioso o tan sólo ético, va con cada persona. No siempre es fácil dar con aquel que tenga interiorizado esta máxima, y menos aún durante una guerra.

En este libro, el retrato de Melchor Rodriguez, con su alias de Ángel Rojo, se convierte en una ficción literaria que parecería impensable, increible sin su soporte real y documental. Nos costaría creer que pudo haber existido alguien así, recurriríamos a nuestra habitual incredulidad, al cinismo y al hartazgo propio que nos domina hoy en día y plantearíamos la imposible existencia de un sujeto así. Pero esta ficción es una realidad sostenida en un pasado reciente.

Si los rojos pudieran ser beatificados, San Melchor Rodríguez podría haber demostrado más de dos o tres milagros. Su vida en sí fue un milaro.

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