Purgatorio: almas perdidas, de Javier Beristain Labaca

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La causa última de todos los miedos es la muerte. El hecho de sabernos mortales, prescindibles, caducos nos conduce por medio de la razón y la consciencia a todos los miedos que podamos albergar o desarrollar. Y con eso juega Javier Beristain en una metáfora de la muerte de todos, concentrada en un cadaver enterrado sin nombre. El juicio final no siempre dictas sentencias definitivas…

¿Cuánto de ominoso puede haber en un ser humano enterrado ignominiosamente sin una lápida que marque su nombre hacia esa falsa eternidad de mármol? ¿Qué secretos pueden haberse querido tapar bajo la tierra de una solitaria sepultura?

Un personaje que parece haberse querido borrar del imaginario popular. Enterrado, quizás, buscando la protección de Dios, para que mantenga su infausta memoria y su maligna influencia solo al resguardo de los gusanos y la descomposición.

El paso del tiempo parece borrar todas las huellas del cadaver sin nombre. Pero de puertas hacia adentro muchos saben, todavía recuerdan…

Hubo violencia, hubo locura y absoluta entrega al mal. El problema es que ahora Julián quiere saber, quiere alcanzar a discernir los motivos para semejante abandono en el olvido. 50 años son mucho tiempo, pero el pasado siempre puede ser removido. Una vez que los recuerdos resucitan en el presente, cuando se remueve la tierra bajo la que se escondió la conciencia común, siempre pueden despertar nuevos monstruos.

Lo que ocurra entonces puede que no compense. Es más que probable que la verdad siempre debiera haber permanecido sepultada en ese inframundo que puede existir, o no, pocos metros bajo tierra. Pero hay algo de irresistible magnetismo en toda verdad, y conforme Julián se aproxima a ella, se ve abocado a seguir adelante, pase lo que pase.

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