Llamadme Alejandra, de Espido Freire

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El transcurso de la Historia nos presenta a personajes singulares. Y la emperatriz Alejandra desempeñó un papel que historiadores han sabido dimensionar con el paso de los años. Más allá del relumbrón, del oropel y de los roles a asumir, Alejandra fue una mujer especial.

Espido Freire nos ubica pocos meses después de la Revolución de Octubre encabezada por los bolcheviques, donde el slogan “Paz, pan y tierra” ya da a entender meridianamente la pretensión de borrar todo vestigio del Imperio de los Zares de Rusia.

Alejandra, la última zarina se descubre despojada de todo su brillo, su poder y su influencia. Durante sus últimos momentos antes de la supuesta huída (que realmente terminó en la sentencia sumarísima en los propios sótanos de la casa), tuvo que afrontar ese encuentro con una cruda realidad, en la que el odio que podía intuir de un pueblo ruso que nunca la sintió como propia vaticinaba la más dura venganza.

La narración se centra entonces en el transitar de la memoria de Alejandra por su propia vida, por sus primeros años como princesa Alix; por todas las circunstancias vividas; con sus luces y sus sombras. Alejandra evoca todo lo vivido bajo el prisma de ser su propia jueza ante la sombra de un posible final cercano.

Más allá del destino que le tenía escrito su llegada al trono de Rusia, en esos instantes en los que la realidad se presenta físicamente dolorosa, Alejandra hace un ejercicio de introspección. Tal vez no supo o no pudo comunicar todo lo que llevaba dentro, pero estaba segura de que la gobernaba un espíritu bondadoso. El lector escucha sus argumentos con la cercanía de la primera persona. Mientras, la emperatriz Alejandra piensa, con la certidumbre de esa oscura noche, que probablemente esté ofreciendo su último alegato.

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