Los brazos de mi cruz -capítulo I-

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20 de abril de 1969. Mi ochenta cumpleaños

Hoy he cumplido ochenta años.

Aunque nunca podrá servir como expiación de mis terroríficos pecados, puedo decir que ya no soy el mismo, empezando por mi nombre. Ahora me llamo Friedrich Strauss.

Tampoco pretendo escapar a justicia alguna, no puedo hacerlo. En conciencia voy pagando mi pena cada nuevo día. “Mi lucha” fue el testimonio escrito de mi delirio mientras que ahora trato de discernir lo que quede de verdad tras el amargo despertar a mi condena.

Mi deuda con la justicia de los humanos poco sentido tiene cobrarla ya de estos viejos huesos. Me dejaría devorar por las víctimas si supiera que aliviaba el dolor, ese dolor extremo y enquistado, viejo, rancio, aferrado a la cotidianeidad de madres, padres, hijos, pueblos enteros para los que lo mejor hubiera sido que yo no hubiera nacido.

No sé si debería haber nacido, pero cada mañana al despertar me replanteo la idea de que lo más acertado pudo haber sido suicidarme de verdad en el bunker. Tuve esa oportunidad para morir de una vez y no arrastrado por cada segundo de vida posterior que el destino quiso concederme.

Y el destino parece que sí se ha tomado su justicia, todos estos años se van componiendo por días de dolor, minutos revividos en un pasado habitado por recuerdos monstruosos, segundos enlazados por la continua angustia de saber que he sido uno de los personajes más abominables de la Historia.

Solo me consuelo ligeramente al pensar que el miedo que lo generó todo me hubiera sobrevivido, siempre estuvo ahí. Era un fantasmal y monstruoso pájaro que sobrevolaba Europa buscando un nuevo líder en el que anidar. Me encontró a mí, y encontrará a otros de nuevo en el futuro, en cualquier continente, en algún lugar.

En cuanto a esta, mi otra vida, todo empezó el 19 de abril de 1945, el día anterior a que el Ejército Rojo asediara Berlín. Martin Bormann, mi secretario, me confirmó lo que ya esperábamos, se había pactado y organizado mi salida inmediata del país. Supongo que el nazismo esperaría que mi causa, nuestra causa, resurgiera bajo el férreo brazo estirado en el momento propicio, años después y desde cualquier punto remoto.

Una parte interesada de los aliados que nos vencieron, asumieron que escapara con vida desposeído de mi nombre, de mi influencia, y convertido casi en un sexagenario, a cambio del vasto conocimiento tecnológico armamentístico de nuestro ejército. Sin duda la información privilegiada tiene un precio muy alto para ellos.

Las sospechas posteriores sobre mi impostado fin nacieron en la Unión Soviética y se focalizaron sobre Estados Unidos. Semejante alianza forzada e incómoda de dos potencias antagónicas para derrocar el Tercer Reich, no auguraba nada duradero.

La desconfianza estalló en la conferencia de Postdam, el 17 de julio de ese año 1945. En esa reunión de carroñeros, Churchill, el último pirata inglés, solo pasaba por ahí a recoger la parte para su imperio; Stalin tenía la certidumbre de mi fuga; y Truman ocultaba que había sido el promotor de la misma.

La estadounidense OSS de su antecesor Roosevelt fue premiada por Truman a partir de entonces con su inmediata institucionalización como agencia central de inteligencia estadounidense, bajo las siglas de CIA. A cada nuevo presidente yanqui se le hacía entender, de la mejor manera posible, la necesidad de un cuerpo de inteligencia con carta blanca en su trabajo. Sabe Dios qué andará indagando hoy en día esa agencia.

Inicialmente, el 2 de mayo de 1945, cuando los soviéticos entraron en la Cancillería, quedaron conformes con el reconocimiento de los cadáveres a la postre también incinerados, supuestamente el de Eva y el mío. Las identificaciones dentales que habíamos preparado, con la ayuda y supervisión de la OSS sirvieron, pero por poco tiempo.

Investigadores soviéticos anduvieron tras la pista de mis dentistas para corroborar la identidad de mi cadáver. Para ellos, más avezados y rigurosos que los cabecillas del ejército que entró por vez primera, resultó sospechoso cómo nos habíamos ocupado de destruir ficheros y enseres por toda la Cancillería, salvo en la consulta médica donde aparecían las pistas.

El chico de los recados de la OSS que me visitaba durante los primeros días tras mi fuga, y que confirmaba la información que les vendíamos como en una garantía postventa, me tenía también al corriente de todo. Se regodeaba al trasladarme las infructuosas pesquisas de los rojos, como él decía.

Así que días después de nuestra derrota, el 17 de julio de 1945, mientras los aliados forzosos se sentaban en Postdam para iniciar los diálogos de cara a administrar Alemania, Stalin, con su impetuosidad de líder narcisista, espetó: “Hitler está vivo, escapó a España o a Argentina”. Con esa frase comenzó realmente la guerra fría.

El enviado de la OSS, dijo que no me preocupara sobre mi búsqueda. El ejército americano se había mostrado plenamente colaborador con los soviéticos, torturando a testigos, tirando del hilo de esa posible fuga y desechándola por completo.

Así comprendí que la OSS americana iba por libre, independiente del ejército de su país, por encima de los presidentes pasados, puestos y venideros. Ellos, la OSS manejaban la información real y actuaban por encima de todos.

Veintitantos años después, salvo por la atribución económica que nunca deja de llegar, ya no sé nada de esa gente de la OSS, de su posterior instauración como CIA, ni de nadie. Supongo que tan solo esperarán a que me sobrevenga una muerte natural que no despierte el más mínimo recelo.

No lo sé, no puedo ponerme en el pellejo de esos tipos que mueven hoy el mundo. Yo siempre seré un tipo infame, lo que queda del monstruo. Tal vez ellos sean peores y muchas de las injusticias actuales se fabriquen en sus despachos, donde este planeta mantiene su equilibrio inestable. Ellos controlan ese viejo miedo que un día me poseyó a mí, el instrumento para someter voluntades en masa.

Mis compañeros de asilo tienen suerte, no comparten mis hondas tribulaciones vitales. Para ellos ese pasado que los revisita se convierte sobre todo en tierna niñez. Debe ser que las semejanzas entre los primeros y los últimos días de un ser humano se manifiestan no solo en el descontrol de los esfínteres sino también en el desmadre de las neuronas. Con sus flamantes pañales anti fuga y sus últimos goteos de razón, ellos, mis camaradas de vejez, regresan al único paraíso posible: la infancia.

Pero mi pasado no es esa vida ordinaria que ahora anhelo haber vivido. Todo, hasta mi niñez, está velado por el rojo y blanco de una bandera, y por los brazos en aspa de una cruz en la que, no sé cómo, conseguí clavarme por voluntad propia.

Solo sé que llega un momento en el que el pasado se va replegando hacia uno mismo, hasta que se hace presente. Ahora todo lo que viví me visita de nuevo, como un fiscal que ha conseguido encausarme por genocida, con la única y más eficaz sentencia firme de mi cercana muerte.

Para los viejos como yo la vida se convierte en un breve instante, en un “hoy ya es tarde y mañana no tendré tiempo”. Desde que hace unos días se estrenó la película 2001: odisea en el espacio, he encontrado nuevas similitudes entre la decadente vejez de cualquiera de nosotros y las últimas escenas de ese astronauta que se debate entre la vida, la muerte y la eternidad en una solitaria y luminosa sala dieciochesca, transportada caprichosamente a algún lugar de un silencioso cosmos. La única diferencia es que mi habitación es mucho más humilde, apenas 15 metros, incluyéndose un baño interno que no tiene puerta para que los abuelos no hagamos ruido durante nuestras frecuentes micciones nocturnas.

Hace exactamente treinta años, en 1939 cuando cumplí los cincuenta, decreté fiesta nacional en Alemania. Se me pone la piel de gallina al evocar los desfiles en mi honor atravesando Ost-West Achse, el atronador y terrorífico paso de ganso de las tropas, las banderolas nazis vistiendo por entero ese eje Este-Oeste de la ciudad.

Pero el erizamiento actual de mi piel es de puro pánico, de vértigo. Creo que ahí mi ego tocó techo. El problema es que se quedó subido unos cuantos años más.

El ser humano no está hecho para la gloria. La culpa es de los griegos, que despertaron en occidente el imaginario de que una especie de semidioses ocupaba este planeta. Solo El Quijote devolvió algo de luz para hacernos ver que somos locos imaginando que vivimos epopeyas en nuestros delirios.

En fin, si puede servir de algo, perdón.

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