El invierno del mundo, de Ken Follet

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Hace ya varios años que leí “La caída de los Gigantes“, la primera parte de la trilogía “The Century”, de Ken Follet. Así que cuando me animé a leer esta segunda parte: “El invierno del mundo”, pensé que me resultaría difícil reubicar a tantos personajes (ya sabrás que el bueno de Ken es todo un especialista en crear abrumadores cosmos de personajes y situaciones).

Pero este escritor galés tiene una gran virtud, más allá de su don literario. Follet es capaz de presentarte cada personaje de una secuela como si hubieras leído el libro anterior ayer mismo. A medio camino entre la magia y la literatura, el autor despierta unos viejos resortes de sus historias anteriores que de algún modo insertó en tu memoria de manera indeleble.

Así, en el capítulo 16, cuando de repente aparece un personaje ruso llamado Volodia Peshkov, te lo presenta tirando de ese detalle anclado en tu memoria y toda su existencia se te hace presente. De repente recuerdas a su padre, sus pesarosas vivencias a lo largo de la primera parte, donde su hermano se marchó a Estados Unidos dejándole a la novia embarazada para que apechugara él solito como fuera.

Solo es un detalle, pero ocurre a lo largo de todo el libro. Cualquier matiz sirve como excusa para que recuerdes a cualquier personaje de la entrega anterior. No le hace falta perderse en descripciones ni en más detalles. Ken Follet lanzá su sonda al pozo de tu memoria y trae al presente páginas y más páginas leídas ayer o hace 5 años.

Por lo demás, la trama de la novela muestra ese insuperable arte de convertir cada capítulo en una novela en sí mismo. Cada nueva escena desarrolla momentos vitales inolvidables de unos personajes que atraviesan las décadas de los treinta y cuarenta. Con la Guerra Civil Española, la  Segunda Guerra Mundial, con las tensiones políticas posteriores entre los aliados…

Los personajes de la historia se entremezclan con la realidad de manera fascinante. A través de ellos se conocen aspectos reales de la Historia, intercalados perfectamente con una intrahistoria tan real como sórdida y cruel, la que corresponde a esos años en una Europa bañada en sangre, odio y miedo.

No creo que haya un autor que pueda crear esas tramas sofísticadas en su fondo y simplificadas en su forma, para que el lector disfrute ahondando en las circunstancias históricas, en las vivencias tan reales de los personajes…, Lo más soprendente de esta forma de creación literaria es que el hilo nunca se rompe, la credibilidad de personajes y escenas siempre se mantiene firme. Los lazos que unen cada escena, cada giro y cada reacción queda perfectamente asociado con los perfiles de los personajes.

Hacerte creer que un joven afiliado a las juventudes nazis a finales de los años 30 pueda afiliarse, una vez pasada la guerra, a las filas comunistas resulta chirriante contado así, en bruto. La magia de Follet es que todo es creible. Lo que mueve a los personajes a cualquier actitud o cambio se justifica maravillosamente de manera natural y coherente. (En el fondo tan sólo es una forma de demostrar la contradicción que puede vivir en todo humano).

En mi línea habitual de poner peros por doquier, tengo que decir que, ante una trama trepidante que no puedes dejar de leer y que abre y cierra capítulos completos en sí mismos, el final acaba diluyéndose en unas escenas ligeras, tenues, a media luz. Probablemente sea un final necesario para anticipar nueva entrega, pero algo de chispa le falta, sin duda.

En breve voy a empezar con “El umbral de la eternidad”. En esta ocasión, con apenas días de espacio, podré recordar todos los detalles, aunque a tenor de la capacidad de ubicación de este galés, tampoco me hubiera hecho falta.

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