El verano que aprendimos a volar, de Silvia Sancho

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Lara encuentra ese trabajo de temporada con el que conseguir algo de dinero que tinte de azul sus números rojos. Un empleo sencillo como recepcionista en un camping de Madrid. La figura de Asier, un monitor de tenis con su apariencia de ligón y su locuacidad pronto llama la atención de Lara que si bien está acostumbrada a esa clase de chicos con ínfulas de grandeza y conocedores de su atractiva, tampoco puede dejar de dedicarle por inercia su sonrisa.

Un encuentro simple que sin embargo desatará una tormenta, como la suave brisa que se anticipa a la tormenta, y al naufragio de las emociones en el mar del deseo. Lara está de suerte, ha encontrado un trabajo cómodo y un amor de verano que la mantiene en esa nube ideal de sensaciones acunadas por el placer y sus hormonas endorfinas.

Pero esa especie de paréntesis amorosos propios del verano siempre tienen sus momentos de duda. Conforme los días pasan y se acerca el final de estío, Lara empieza a considerar si ese amor ha sido una ínsula o si realmente ha podido pisar la tierra firme de un gran continente. Durante un tiempo el amor genera un espacio sin tiempo, más aún en verano, un terreno por donde se avanza de manera instintiva, inconsciente.

Lo curioso es que él también tiene esas dudas. Asier intuye que puede haber algo más, que tal vez esta sea una oportunidad para algo inesperado y más duradero. La vieja, contradictoria, mágica y melancólica noción  de lo efímero, de la levedad como un reflejo romántico o como un señal inequívoca de conexión total.

Un dilema entre las sensaciones y la realidad, entre lo posible de un amor fugaz como un amor eterno, esas viejas dudas que a todos nos asaltaron algún verano, concretamente ese verano en el que aprendimos a volar.

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