Intemperie, de Jesús Carrasco

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Llegó a mis manos como regalo de una buena amiga. Los buenos amigos nunca fallan en una recomendación literaria, aunque no vaya muy en tu línea habitual…

Un niño huye de algo, no sabemos bien de qué. Pese al miedo a emprender una fuga a ninguna parte, sabe que tiene que hacerlo, debe salir de su pueblo para liberarse de algo que intuimos lo está destruyendo. La valiente decisión se va transformando ante nuestros ojos en simple necesidad de supervivencia, como el instinto animal de la criatura desprotegida.

El mundo es un páramo cruel. El niño en sí tal vez sea una metáfora del alma, de cualquier alma que deambula perdida por un mundo hostil, reconvertido a esa hostilidad de manera insospechada desde la tierna e inocente niñez. En una lectura pretendidamente ambigüa, siempre puedes interpretar más. Para ello Carrasco se ocupa de colmar el lenguaje de prosaicas, escatológicas imágenes que pasan, pocas líneas después, a enternecer o estremecer desde la crudeza o la inmundicia.

¿Por qué huye un niño de sus orígenes? ¿Cómo emprender ese viaje a ninguna parte? La fuga en sí se convierte en el leitmotiv que mueve la historia. Una trama que avanza despacio, con la lentitud propia de las malas horas, para que el lector vaya saboreando el miedo, la inocencia, la idea de una culpa inconcreta por no sentirse propio del lugar de donde uno proviene. Más que nada porque ese lugar duele. Y del dolor se huye, aunque te digan que cura.

Es previsible lo que va a ocurrir, lo que va a ser del niño, poco o nada bueno. Pero la belleza de un lenguaje abonado en terreno yermo, y la esperanza en que ese destino ineludible no termine de alcanzar al niño, te mueve a seguir leyendo. Se trata de eso, de sumar escenas que pasan lentas, que te presentan un conjunto de instantes tan sencillos como eternos, que te rebajan a un espacio hiperreal ante el cual sólo esperas un golpe de magia. Esa posibilidad recóndita de toda literatura para sobrevolar lo sórdido, aunque sea en un giro imposible que pudiera cubrir de dignidad y olvido tanta crueldad.

Ocurrirá o no ocurrirá. De la esperanza sólo queda la mano recia y dura de un viejo pastor que poco tiene que decir y poco sabe, más allá de su vasto universo que cubre la realidad desde sus pies hasta el horizonte del páramo. El pastor como única esperanza, un ser desentendido de todo lo ajeno a su rebaño, y seguramente capaz de abandonar a un niño como si de un cordero mal herido se tratara. ¿Qué de humanidad quedará al cerrar el libro?

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