La chica del cumpleaños, de Haruki Murakami

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Solo los más grandes como Murakami se pueden permitir el lujo de lanzar ediciones especiales como es este relato ilustrado: La chica del cumpleaños.

Lo de los libros ilustrados tiene un aspecto reivindicativo a favor del libro en su formato papel tradicional amén de muchos otros aportes. Esta novela también sale en ebook, pero estoy seguro de que en este caso las ventas en papel superarán a las digitales. Por dos razones:

  • La rareza: Ser muy de Murakami y no hacerte con este libro acompañado de ilustraciones es no atender a la máxima de que toda excentricidad, rareza o diferencia
  • La diferenciación: Además esta novela saldrá en tapa dura por menos de 15 €. Cualquier ferviente lector de Murakami sucumbirá sí o sí a comprar un Libro con mayúsculas de su autor favorito, con tapas duras de obra de postín.

Un libro ilustrado sirve perfectamente a la causa de dar un mayor volumen físico a cualquier composición literaria que, de otro modo, considerada como un relato o novela corta, no siempre gana la entidad suficiente y acostumbrada de las 100 páginas como mínimo para que el impresor tire de rotativo.

Lo que no cabe duda, sin embargo, es que en esencia el relato puede acabar adquiriendo una significación y un calado incluso mayor que la novela. Escribir más o menos páginas es un ejercicio imaginativo e intelectual pero nadie dijo que una historia de 20 páginas no pueda ser mejor que una de 500.

Y de Murakami no podíamos esperar menos… Este relato se convierte en un todo existencial. Nos habla simplemente del vigésimo cumpleaños de una camarera que como toda celebración le toca estar a pie de barra, hasta que la joven camarera recibe un inusual encargo que conseguirá deshacer la realidad de ese insustancial aniversario vital en un onírico tránsito entre los deseos del ser humano que sopla sus velas y espera que finalmente algo cambie, tomando la dirección de los sueños incumplidos.

La encargada de representar cada una de las escenas del relato es Kat Menschik, una artista alemana que lo ha acompañado ya en varias ocasiones anteriores y en la que Murakami descubrió una gama de oscuridad, un juego de grises y negros entre lo fantasioso y lo melancólico que, sin embargo parecen conducirte por ese espacio onírico donde la imaginación ajusta el necesario color que emana a borbotones del propio relato.