La edad de la penumbra, de Catherine Nixey

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Y cuando Jesús falleció en su cruz, el día se hizo noche. ¿Mito o eclipse? por reducir el asunto a un punto humorístico. La cuestión es que no puede haber mejor metáfora para considerar que el nacimiento del cristianismo, a los pies de la cruz, adquirió ese mismo tono oscuro que ensombrenció la obra del Mesías.

Porque la expansión del cristianismo abogó por su verdad única con absoluta virulencia sobre todo ambito de creencias y culturas. La riqueza del mundo clásico acabó apagándose desde esa insurgencia religiosa que fue ganando adeptos a la vez que se conformaba en una fusta contra lo pagano que azotó durante siglos todo aquello que sonaba mínimamente amezante para una corriente  paradójicamente oficializada por Roma, en su habitual condescendencia con las referencias de otros pueblos bajo su dominio.

Ni mejor ni peor que otras creencias pero sí más intensa por su repercusión. Cualquier fe que va ganando peso genera fervientes seguidores incapaces de convivir con otras opciones. Desde que el hombre es hombre y hasta hoy.

Pero Catherine Nixey se centra en el cristianismo y sus consecuencias sobre el mundo clásico, pese a que esa edad de la penumbra podría decirse que va desde que el cristianismo se consolida como religión de masas radicada en sus orígenes convulsos y minoritarios hasta la Inquisición. Nixey recupera perspectivas de los orígenes con un grado de verosimilitud que acaba por atar tantos cabos sueltos sobre fulgores y decadencias culturales trazados desde la intransigencia sobre un mundo abierto como fue el Imperio Romano. Un imperio capaz de conquistar e integrar para mantener y sostener su administración del mundo de manera inteligente y práctica, sin obviar que no hay conquista sin guerra previa, por supuesto.

El monoteísmo cristiano encontró en su literatura bíblica un nuevo relato que caló en sus crecientes seguidores, que buscó y forzó la llegada de nuevos conversos y que estigmatizó todo lo profano. el mundo clásico palideció en su mayor medida por la agresiva respuesta cristiana. El miedo como forma de imposición de la fe, la primera prospección de la dictadura sobre la conciencia del pueblo. Todo ello desde los dictados de un Dios hecho carne, un pacifista encaramado al castigo más cruel bajo la petición del propio pueblo.

El cristianismo buscó venganza y la ejecutó durante siglos. Pero centrándonos en su origen, lo peor es que en su afán ajusticiador en nombre de Dios, arrasó con algunos de los más grandes legados clásicos, etiquetados como paganos y perseguidos con dureza.

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