Música nocturna, de John Connolly

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Al pasar del primero al segundo relato, parece como si te hubieras encontrado ante un volumen de historias inconexas. Hasta que empiezas a detectar esa música nocturna… Una especie de banda sonora del mal que empieza como un ligero soniquete y acaba derivando en una magna sinfonía de orquesta sinfónica que toca desde el infierno de las almas perdidas.

Todos los personajes de esta historia tienen un solo detalle en común, se acaban entregando al mal o conviven con él desde el primer arranque del relato. No siempre es bueno disponer de demasiado tiempo libre, como ocurre con el jubilado con el que empezamos a deslizarnos por los sinuosos caminos hacia la locura y la perdición.

Tampoco la juventud te asegura un disfrute máximo de la vitalidad y la alegría. En un alma jóven toda esa energía puede concentrarse hacia el mal, concluyendo como una poderosa fuerza devastadora o simplemente como un odio capaz de aplastar tu voluntad hacia una venganza brutal.

El mal en ocasiones no es del todo pretendido. Cuando unos ladrones entran a robar en una casa, no contemplan matar a la abuela que la habita, pero hay clientes involuntarios del hampa que no saben estarse quietos en una esquina mientras son desposeidos de sus bienes más valiosos.

El horizonte del mal siempre puede vislumbrarse. Tan sólo hay que ceder al equilibrio inestable interior, sucumbir a lo que nos empuja para caer, ceder al demonio que nos ofrece todo a cambio de nuestro pleno servilismo.

Darte una vuelta por este volumen acaba por suponer una entrada a la más tétrica composición musical, marcada por un pentagrama de notas lúgubres que acaban moviendo a todos los personajes del libro en un mismo salón de baile.

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