Pensadores temerarios, de Mark Lilla

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El ideal y la aplicación real. Los preclaros pensadores transformados en fascinantes ideólogos cuyos planteamientos acabaron alimentando totalitarismos y dictaduras ¿Cómo pudo ser? ¿Cómo se alimentaron diferentes paises de grandes ideas para transformarlas en deformidades políticas?

Mark Lilla presenta el concepto: filotiranía. Una suerte de magnetismo que acaba atrayendo los ideales y a sus mentes pensantes hacia esa adaptación real que, superando toda la contradicción, acaba justificando el fin para todo tipos de medios hasta alcanzarlo.

La clave, como apunta el autor es la HONESTIDAD. La razón y el intelecto es fácilmente ajustable a lo que el ideólogo quiere ver, más allá de la objetividad. El molde de un ideal constructivo puede acabar alterándose sustancialmente, resquebrajándose y corrompiéndose absolutamente, pero si el ideologo quiere seguir convenciéndose de que no puede haber fracaso posible en su construcción política, si se siente trascendente al ser captado por un partido político que va amasando poder, puede que el ideólogo acabe sucumbiendo a la deformidad de su obra, una especie de espejo de realidad paralela.

Se trata de una especie de fascinación por el poder, de obcecación desde esa perspectiva de la preponderancia del ideal propio.

Ejemplos los hay en todo periodo histórico, desde el feroz nazismo con Rosenberg, hasta el marxismo y lenninismo del comunismo más atroz. Es curioso como ideas supuestamente disperas acaban concentrando lo peor del ser humano, que no es otra cosa que el pensamiento considerado como doctrina. La sabiduría otorga eso, sabiduría, pero mal entendida, acaba siendo entendida como una virtud por encima de cualquier otra opción, una verdad absoluta de donde es fácil extraer su derivada hacia el poder autoritario.

Pero toda retrospectiva tiene un punto de aprendizaje. La actualidad política está salpicada de pensadores temerarios. Las bases democráticas de la mayoría de países de occidente parecen bastante sólidas. Pero ya se sabe que los momentos de zozobra, de crisis o de amenaza son un perfecto de cultivo para estos pensadores, para sus acólitos y para los que acaban entregándose a ellos y sus ideales absolutos.

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