3 mejores libros de George Bernard Shaw

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1856 – 1950

La dramaturgia es una de las más peculiares expresiones artísticas. Las grandes obras de teatro son hoy eternos clásicos escritos desde Eurípides hasta los últimos grandes autores de mediados del siglo XX. Desde entonces el teatro ha tenido que compartir espacio con el cine o la televisión y su gran consideración de literatura para la escena sobrevive gracias a adaptaciones o reinterpretaciones.

No quiero decir que los dramaturgos actuales no sean buenos, pero es indudable que su consideración como personalidades en lo creativo se difumina y se desvía al resultado final de una obra de cuya factura pocos acabamos recordando la autoría.

George Bernard Shaw fue uno de esos últimos y grandes exponentes de la dramaturgia como resultado literario sobre unas tablas (a mi parecer junto a Bertolt Brecht o postreramente Samuel Beckett). Lo curioso es que su producción novelistica jamás acompañó el nivel de reconocimiento de su obra teatral. Sin duda la mayor capacidad de Shaw fue la de dotar a sus personajes de vida, de emociones, de la moral particular, de esa capacidad mayéutica capaz de sobrecoger, de conmover, de soliviantar…

Y sin embargo, pese a no ganar similar prestigio en el género novelístico, hoy podemos disfrutar de sus obras de teatro en apreciadísmos libros con los que nosotros mismos podemos componer escenas y ejercer de tramoyistas para ubicar las escenas y disfrutar de jugosos diálogos, monólogos y soliloquios empapados de la visión crítica del gran Bernard Shaw.

3 mejores libros de Bernard Shaw:

  1. Pigmalión (My fair lady): Los creadores suelen ser gentes adelantadas a su tiempo. Bernard Shaw ya adivinaba que la mujer había de cambiar su papel secundario en la sociedad. La protagonista de esta obra Eliza Doolitle comienza participando en cierta forma de los roles de su tiempo. Sin embargo la chica tiene sus inquietudes… De entrada quiere aprender lenguaje y para ello se entrega al profesor Henry Higgins quien se ocupa de enseñarle lengua y muchas otros aspectos más que pueden llegar a convertirla en una respetable señorita de su tiempo. Lo que Eliza desconoce es que en el proceso Higgins está jugando de alguna forma con ella. El profesor ha apostado con un colega a que es capaz de la transformación de la dama vulgar en una joven de modales… Y aquí ocurre algo singular, en algunas adaptaciones para teatro y cine el final es que Eliza se casa con Higgins, asumiendo de alguna forma que el fin justifica los medios. Sin embargo el final inicial, el final real es que Eliza, dotada de conocimiento y cultura ya se siente más libre y acaba por casarse con un joven caballero del que realmente se enamora…
  2. La profesión de la señora Warren: En el caso de Bernard Shaw el amor carnal nació de una forma inusual para su tiempo… o si no inusual sí por lo menos habitualmente soterrada para la conciencia social del momento. Lo cierto es que a sus 29 años ya iba siendo hora de que diera rienda suelta a sus pulsiones físicas… y tuvo que ser la viuda Patterson quien lo guiara en aquello del orgasmo compartido. Quizás esta anécdota traída aquí justifique en parte la intención siempre transgresora de esta obra en cuanto al planteamiento de la prostitución. La capacidad universalmente empática de Bernard Shaw abre el camino para que esta obra ofrezca todas las aristas del asunto, en un tiempo en el que hablar abiertamente de ello suponía mucho más de transgresión que en la actualidad, pese a similitudes generales en cuanto al tabú compartido y el vacío legal.
  3. Aventuras de una negrita en busca de Dios: Y cuando la joven negra parecía convencida de la religión que le habían inculcado de repente se preguntó ¿Dónde está Dios? El interrogante me recuerda a un viejo amigo de la infancia que ya no está entre nosotros. Tendríamos 10 años y él insistía al cura que nos hablaba de Dios ¿Dónde esta Dios en las guerras? o ¿dónde esta Dios entre la pobreza? Ya no recuerdo las respuestas del cura, solo el descaro de aquel zagal rebelde que acabó devorando la vida hasta el empacho final… La duda es tan pueril como exacta y pertinente. ¿Se trata de un truco? ¿Qué fin tiene la prueba? Si por prueba fuera hace tiempo que habríamos suspendido con nota tras miles de nuevas crucifixiones de posibles dioses revisitando el valle de lágrimas. La cuestión es que la joven negra de esta obra se lanza a un periplo para localizar a Dios. La África profunda quizás no sea el mejor sitio para ratificar tu fé en el ser humano como obra de Dios. Lo que acabe descubriendo la negrita tendrá mucho que ver con el ideario político del propio Shaw, convencido defensor de la libertad hacia el convencimiento de la experiencia o la devoción, lo que sea que te mueva por dentro.