3 mejores libros de Samuel Beckett

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1906 – 1989

A Samuel Beckett se le puede tildar de pesimista, de nihilista, de oscuro y simbólico, de cultivador del absurdo. Y, sin embargo nada más vitalista que escribir para contarlo. Nada más humano que intentar calmar los demonios internos y los miedos generales propios de guerras y postguerras que experimentar con la literatura buscando nuevos horizontes, puntos de fuga con los que salir de una realidad que hacía agua por todos lados: la Europa de mediados del siglo XX.

Escritor promiscuo en géneros narrativos cultivó la poesía, la novela y la dramaturgia. Pero siempre con esa intención rupturista. En Beckett se intuye una especie de desencanto con la propia condición humana capaz de provocar los desastres de las guerras. Los cambios de registro y esa intención experimental, que en el caso de Becket acabó derivando en su reconocimiento como genio de las letras, se sustentan en gran manera en el desencanto, la desconfianza, el hartazgo, la búsqueda del cambio, la ridiculización de las formas, la irreverencia y la rebeldía…

Leer a Becket supone participar de ese atroz enfrentamiento del espíritu creador con la crudeza de la destrucción y la consecuente miseria que se apoderaba de lo espiritual, de lo moral y hasta de lo físico.

Sí. El mundo de aquel siglo XX parecía involucionar (no sé si realmente ha evolucionado en muchas ocasiones). La decadencia parecía apoderarse de todo. Pero el arte y en este caso la literatura del siglo XX estaban ahí buscando el botón de reset del mundo.

3 mejores libros de Samuel Beckett:

  1. Esperando a Godot: Leer una obra de teatro tiene un punto especial. La preponderancia del diálogo, con las acotaciones propias de la dramatización, te disponen absolutamente desnudo intelectualmente frente a los personajes. No hay narrador omnisciente, ni primera ni tercera persona… todo es tú y unos personajes que hablan frente a tí. Te tienes que encargar de ubicar el decorado, de imaginar los movimientos de cada personaje sobre las tablas. No hay duda de que la cosa tiene su encanto. En el caso de Esperando a Godot, el poso existencialista de la narración te dispone en ese mismo plano de observación directa de los vagabundos Vladimir y Estragón y te hace participar de su espera fútil, absurda, al borde de un camino. Godot no llega nunca y te preguntas si no será cosa de que los vagabundos jamás entendieron el mensaje para la cita. Otros personajes como Pozzo y Lucky aprovechan la inútil espera para anunciar la llegada que jamás se producirá. Y al final puedes entender que todos somos esos vagabundos. Y que el destino nos mantiene confusos, si es que existe y que realmente, pese a todo, vivir es esperar algo que puede que nunca llegue… Ironía, humor cáustico y conversaciones delirantes que, sin embargo todos podemos saborear, con el regusto ácido de la verdad más cierta.
  2. Molloy: Como inicio de “La trilogía”, el conjunto de novelas más emblemáticas de Beckett, lo cierto es que la novela desconcertó y aún desconcierta. Su trama experimental se nutre del monólogo, con la normal asociacion que tiene este recurso para la evocación, para el pensamiento aleatorio, para el desorden… pero también para la síntesis brillante, para el salto de barreras de las estructuras de pensamiento habituales que nos conducen a la lógica, al etiquetado y a los prejuicios. Molloy es un vagabundo que nos conduce durante la primera parte de la novela. Jacques Moran es una especie de policia que anda tras la pista de Molloy. Los motivos que lo conducen tras los pasos de Molloy confunden al lector que pueda esperar un hilo claro. La confusión es precisamente el hilo, la trama, la composición que permite la deriva de dificil cronología. Y lo fundamental es que terminas de leer si llegar a comprender el fundamente de Molloy y de Moran. Quizás la misma persona, quizás víctima y asesino en una historia contada alrevés. Lo importante es el extraño ínterin en el que has profundizado en la piel de unos personajes cuyo fin no tienes porqué haber entendido.
  3. El innombrable: Me salto la segunda parte de la trilogía para rescatar su apoteósico final. Con esta novela Beckett cerró su apuesta experimental más incisiva. El final de una trilogía como esta solo podía rematarse como lo hizo Beckett. Las frases finales apuntan a un soliloquio más teatral, sobreactuado, el mismo que cada cual se puede plantear en este mundo conforme va bajando el telón y el oxígeno va dejando de llegar a donde tiene que llegar, planteándose así las dudas más importantes, los interrogantes verdaderos…, la luz. El resto de la novela retoma el monólogo previo que es el existir subjetivo, bajo el prisma fatalista, crudo y lúcido de Beckett. De nuevo obviamos el orden y la trama, adivinamos la cronología porque la necesitamos para pensar al leer, todo lo demás forma parte del experimento.

 

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