3 mejores libros de Yasunari Kawabata

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1899 – 1972

La narrativa japonesa más exportada y reconocida en occidente mantiene una cierta comunión con lo espiritual entre lo meramente existencialista. Autores como Murakami, Mishima o el propio Yasunari Kawabata, a quien hoy cito, nos presentan historias bien distintas pero con un trasfondo netamente identificable y con un gusto singular por el estilo detallista que acaba sirviendo a la caracterización más honda de personajes, a la descripción mimética de escenas, situaciones y vivencias.

Se trata de literatura preciosista capaz de recuperar nítidas impresiones del Japón más tradicional a la par que puede engarzar con un cierto aspecto occidental en tramas planteadas en la cosmopolita Tokio, por ejemplo.

Y lo cierto es que, en un mundo lector ávido del mestizaje y de la novedad ya desde el siglo XX, muchos de estos escritores nipones son ya referentes mundiales de las letras.

En el caso de Kawabata, con su nobel de literatura 1968 podemos considerar que es, cuando menos, el pionero en esta irrupción de autores de la gran isla asiática.

Kawabata consiguió abrir camino gracias a su sintonía espiritual a través de una sensibilidad arrebatadora. El humano se compone del mismo intangible aquí y allá. Kawabata trazaba historias de almas, de deseos, de sueños, de espíritus errantes en busca de horizontes. Y de todo eso hay mucho en cualquier lugar del mundo.

3 mejores novelas de Yasunari Kawabata:

  1. País de nieve: Kawabata aprovecha esta novela para aportar su perspectiva sobre el amor romántico, el amor idealizado, el amor desgastado. Todo forma parte de un mismo concepto emocional (valga la paradojica expresión). Shimamura vuelve al País de la Nieve, un espacio de nombre poético que evoca a la adolescencia, al primer amor, a ese tiempo congelado en la memoria y cuyo hielo somos ya incapaces de romper a la edad adulta. Congelado en ese país quedó antaño su amor por Komako, con la singularísima trascendencia de su rol de geisha. Por momentos se puede intuir que el regreso de Shimamura refresca el amor vivido entre ambos tiempo atrás. Pero el amor puede ser un espejismo, un oasis inalcanzable que solo deja en el presente un charco donde poder rescatar el agua cristalina del amor. Quizás por todo eslo Shimamura se muestra desencantado de la vida. O tal vez sea por algo más de ese tiempo en el que no anduvo por el País de Nieve. El personaje de Yoko, una segunda mujer enfrascada en el imposible amor compartido completa un escenario por momentos frenético y en ocasiones ruinoso sobre las pasiones que quedan, después de todo…
  2. Mil grullas: Una novela lírica, como casi todo lo propuesto por Kawabata. El escenario de la ciudad de Kamakura parece transportarnos a una urbe mitológica donde todo se mueve en torno a la sensualidad. Las más intensas pulsiones y deseos se pueden apaciguar bajo el magisterio del erotismo, capaz de embellecer bajas pasiones. Una historia sobre la tradición de las artes amatorias, pero también una profunda divagación sobre las obsesiones del sexo. Las mil grullas son ese vuelo incontrolable hacia el cielo del éxtasis que parece conducido por impacientes alas y que la sensualidad y el erotismo pretenden acomodar para hacerlo más humano, menos salvaje…
  3. El rumor de la montaña: La tradición japonesa tiene en la estética algo más que lo estrictamente figurativo. La belleza de las formas, lo artístico supone en el imaginario nipón una especial conexión con su religiosidad animista. El ser humano como una de las más bellas creaciones junto a los ríos y las montañas, al lado de los animales de brillantes pelajes… Osaga Shingo es el patriarca de una particular familia. Por un lado está su hijo Shuichi, en teoría felizmente casado con una hermosa y abnegada mujer como Kikuko. Pero el hijo viene flaqueando en su moral desde que descubrió el lado perverso del mundo: la guerra. En cuanto a la hija, Fusaku, su matrimonio, tan náufrago como el de su hermano, ya está roto y no le queda otra que regresar al domicilio paterno huyendo de un marido avieso. El padre, Osaga los observa en su incierto devenir, quisiera ayudarlos, pero sabe que el camino es el de cada cual. Un padre que padece pero no en menor medida que sus hijos. En una escenografía pausada, de amaneceres esplendorosos, las vidas de los integrantes de la familia tratan de recomponerse entre la fatal sensación de una acuciante soledad que los puede acompañar hasta el fin de sus días. Una melancólica sensación de decadencia sirve para que el destello de la belleza descriptiva se levante de repente como una gran emoción.