3 mejores libros de Jonathan Franzen

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A veces da miedo asomarse al insodanble espacio de la novela actual. Bajo el paraguas de lo contemporáneo se pueden cobijar todo tipo de temáticas que quizás con el paso del tiempo se organicen en sus debidos géneros. Porque hacer prevalecer la naturaleza formal y vanguardista en la forma no puede anteponerse a lo verdaderamente relevante, el fondo.

Así que cuando se escribe cualquier tipo de novela con sus flash back o historias paralelas que ramifican el árbol de una idea subyacente, o se conceptúa en base a un extrañamiento moderna, mejor ceñirnos al fondo, a lo que nos cuenta el autor, para que la narrativa contemporánea no sea un cajón de sastre donde el lector puede perderse fácilmente.

Pero… siempre hay virtuosas excepciones. Casos como el de Paul Auster con una forma tan brillante que aborda lo existencial desde la mejor selección de palabras o, en otra frecuencia de onda, cuando hablamos de Jonathan Franzen, hacedor de una prosa contemporánea que cristaliza también en su forma por medio de un magistral crisol literario, donde se funde la idea de lo individual pleno de matices pero absorbido por la masa.

Franzen hace uso en ocasiones de las típicas desestructuraciones cronológicas que tanto se asocian con lo actual. Pero en su caso, con sus dotes de ensayista sobre temáticas actuales, rellena cada escena con personajes variopintos de diálogos siempre insipiradores o reveladores y que alcanzan la idea de crónica de nuestros días.

3 mejores novelas de Jonathan Franzen:

  1. Libertad: Si una de las grandes virtudes en el estilo de Franzen es lo minucioso en su aspecto más interno de cada personaje, ahondar en este libro que nos conduce entre todas las sensaciones humanas que pudiéramos concebir. En la apacible vida de la familia Berglund se intuye una calma chicha, esa calma de la clase media que se sabe subordinada a una moral y unas costumbres. La construccion idílica del núcleo familiar se presenta por momentos hilarante por la suma de contradicciones que conlleva esa mundo de cristal. Solo que el frágil cristal puede acabar sucumbiendo en la onda de sonido oportuna. Esquemas de vida y sistemas previstos, la familia como un mecano compuesto por almas que un día empiezan a moverse de manera independiente, sin armonía posible. Llegados los tiempos de los conflictos, del contraste ineludible entre perspectivas juveniles de la vida y la sensación adulta de que esas perspectivas puedan ser lo único cierto. Una novela que se puede contemplar con la curiosidad de quien observa un album familiar en el que ninguna fotografía puede ser retirada por improcedente. En las vidas de Patty, Walter e hijo procede conocer cómo todo pudo cambiar tanto.
  2. Pureza: En ocasiones la estrategia para titular obras no tiene porque ser acertada. Y para mí, con todo lo que albergan los libros de Franzen, esa titulación escueta en la que se pretende decir tanto en una sola palabra no me parece oportuna. Claro que, conociendo a Franzen, los lectores siempre sabemos que podemos introducirnos más allá de este reclamo para adentrarnos en una buena novela. Pip inicia un viaje que de entrada ya suena apetecible. Ella nunca conoció a su padre y su imagen ha ocupado su imaginación desde que supiera que él, sea quien sea, ocupa un lugar en el mismo mundo que ella. La vieja necesidad por desvelar la identidad tratada como un proceso de recuperación de una paternidad imposible, pues el tiempo de ser hija como fundamento al aprendizaje de la vida ya acabó para Pip. Solo le quedan dudas y preguntas… Pero además el viaje también lo es físicamente, porque para dar con su padre Pip tendrá que viajar a la Alemania del este, como una metáfora del oscurantismo de un pasado que poco a poco se nos va haciendo muy propio…, porque lo de la búsqueda de la identidad, más allá de la paternidad, nos incumbe a todos.
  3. Las correcciones: La referencia al núcleo familiar como punto de partida es un aspecto recurrente en Franzen. En esta, la novela que lo encumbró allá por el año 2001 conocemos a los Lambert una familia en esa alienante momento en el que los hijos ya no están y los padres sucumben a dolencias o manías como una somatización de la pérdida. Alfred y Enid, habitantes de la misma casa y alejados por los años luz que recorren ya los amplios pasillos de la casa. Después están sus hijos, fugados a la otra costa del país como almas que lleva el diablo Ellos, los vástagos, se han buscado su suerte y acaban descubriendo lo más y menos amable del éxito o del fracaso, del abandono de las parcelas personales y el desarraigo que parece conducirlos a la negativa para aceptar una invitación a cenar en Navidad por parte de su madre.

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