El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila

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Lo más importante, a mi entender, para la construcción narrativa de una buena parábola es el conjunto de símbolos e imágenes, acertadas metáforas que se recomponen para el lector hacia aspectos de mucha más enjundia que la propia escena.

Y el libro El niño que robó el caballo de Atila abunda en esa construcción a modo de parábola, con una extensión final de novela corta, para no saturar con tantas y tantas imágenes a transformar. Una pequeña gran obra, en resumen.

Hay una gran sensación que ha obstaculizado siempre al hombre: el miedo, un miedo que se va instaurando ya desde la niñez como necesaria imposición para evitar riesgos en el alocado aprendizaje del ser humano.

Pero el miedo es tan necesario para despertar la alerta como intoxicador si es tan intenso que acaba parlizando o distorsionando la realidad. De ahí tantas y tantas fobias…

Cuando dos pequeños hermanos se quedan encerrados en un pozo, para más inri en medio de un profundo bosque, las alterantivas que se les plantean para sobrevivir son pocas. Cerca de ellos una bolsa de víveres espera ser abierta, pero los chicos no la abren, improvisan alimentándose de raices que surgen entre las paredes, o de cualquier otra cosa que mane entre la humedad que los rodea.

Y vivimos entonces un cambiante proceso de adecuación a las circunstancias. Los días pasan sin poder escapar del pozo. Los chicos establecen sus particulares rutinas con las que pasar las horas, atienden enfermedades mutuas que los acechan en la falta de luz y alimento.

Cada una de sus decisiones es una enseñanza sobre ese asunto de los miedos. No se trata de ver a los chicos como dos superhombres sino más bien de entender que el instinto de superviviencia o de defensa, en el ser humano, es mucho más poderoso de lo que imaginamos. Ningún miedo tendría nada que hacer si lucháramos contra él sin espacio alguno para nuestra propia huída.

Los chicos hablan, sí, intercambian impresiones trascendentales que tal vez jamás les hubiera correspondido atajar a su edad. Y sobre todo piensan, planean como escapar de ahí. Gracias a sus planes de fuga la trama avanza ligera con la limitación del espacio y la saturación de un tiempo detenido allí abajo.

Conseguir que una trama avance en un escenario tan limitado, que a su vez se desprendan pequeñas joyas en algunos diálogos o descripciones y que se extraiga esa parte moral de la metáfora completa que es el planteamiento principal, resulta sorprendente.

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