Restos mortales, de Donna Leon

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No hay descanso posible para un policía. Ya sea en la ficción o en la realidad siempre puede conocer de algún nuevo caso que perturbe sus días de asueto. En el caso de Restos Mortales, Donna Leon nos ubica en una ficción que trasciende a la realidad.

Por prescripción médica, el comisario Brunetti se aparta de todos los casos pendientes y se retira a un bucólico lugar (la isla de San Erasmo, en Venecia) donde se respira paz, con el murmullo lejano del criadero de abejas que Davide Casati, el cuidador de la casa familiar de Brunetti, mantiene.

Y aquí es donde la ficción alcanza a la realidad ( sin llegar a superarla, solo igualándose, lo cual aún puede ser peor). La merma de abejas en el mundo, con su función polinizadora, presagia graves daños para toda la humanidad. Einstein ya lo avisaba. El hecho de que puedan existir intereses económicos para acabar con estos cruciales insectos se antoja perverso.

Por eso, para mí Davide Casati es una metáfora personificada. Su muerte pasa a ser una afrenta para el ecosistema. Multinacionales interesadas en la extinción de las abejas se transforman en esta historia en la empresa de tóxicos sospechosa de la muerte bajo el agua de Davide Casati.

La quijotesca idea de la persona luchando contra la multinacional para desvelar el caso del asesinato es sumamente interesante. Y la buena de Donna sabe imprimir el ritmo necesario. El caso de Davide pasa a ser el caso del pueblo contra ese interes económico que pretende desestabilizar el ecosistema.

Brunetti se carga con el peso de este gran caso que sirve para concienciarnos de aspectos bien reales.

Una lectura amena y comprometida. Tensión en la trama y esperanza en un final que encuentre justicia.

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