Devoción

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devoción

PUBLICADO EN LA ANTOLOGÍA “RELATOS PARA EL NÚMERO CIEN” DE MIRA EDITORES

 

Devoción, sí. No hay otra palabra mejor para definir lo que Santiago sentía por sus muñecos de porcelana.

El viejo desván era el lugar oculto donde Santiago guardaba sus preciosas figuras, y allí pasaba él también las horas muertas, mimando cada uno de aquellos títeres con la pasión de un dios creador de un particular mundo. Se ocupaba con diligencia de limpiar y dejar esplendorosos sus rostros apagados, sus brazos y sus piernas; con el mismo entusiasmo rellenaba y remendaba los descosidos de sus cuerpecillos de algodón; con las últimas luces, cuando no tenía otra faena, se dedicaba a barrer meticulosamente toda la estancia.

Conseguía pequeños retazos de modista y con grandes dosis de paciencia diseñaba y construía delicados vestidos para las muñecas, a la par que cosía finos trajes para los muñecos. Imaginaba, junto a ellos, los grandes salones de sus buenos tiempos. Y al sonido incesante del “Para Elisa” de la caja de música, hacía bailar variablemente a una u otra pareja sobre la improvisada pista, una tarima central elevada, necesaria para no desgastar su cansada y vieja espalda.

Mientras unos bailaban, el resto de parejas aguardaban su turno sentados juntos. El apuesto Jacinto, reposaba su cuerpo de pluma y algodón contra la pared, sus brazos abatidos, inánimes rozaban pudorosamente a Raquel, su amada de largas trenzas pelirrojas y sempiterna sonrisa. Valentina había declinado su cabeza hueca sobre el hombro de Manuel y él aceptaba de buen grado el gesto, no obstante se hacía el impasible, mirando al frente con sus ojos negros y brillantes, perfilados recientemente con habilidad por Santiago.

Tan sólo cuándo había terminado todas sus tareas, miraba el viejo hombre a sus muñecos y no podía vencer sus lagrimas cuando volvía a reconocer que nunca podría ver moverse a sus pequeñas criaturas. ¡Cuánto daría por darles un soplo de vida!.

Una jornada más, allá a las ocho de la tarde, cuando la luz natural menguante empezaba a engrandecer las sobras del pequeño desván, Santiago dejó a sus muñecos en su estantería y guardo los pequeños trajes en un baúl antiguo, aunque esplendoroso y reluciente por un reciente barniz. Después bajó a la cocina de la casa y tomó su cena, acompañado por el único sonido del tintineo de su cuchara sobre su plato de cristal, apenas rociado de aceitosa sopa. Cuando quiso hacerse de noche, Santiago ya estaba en la cama, poco después se precipitaba al fondo de sus profundos sueños.

Sólo un sonido insistente y monótono podía sacar de su ensoñación a Santiago, y éste fue la repetitiva musiquilla de la caja del desván. El “Para Elisa” sonaba más fuerte que nunca; un aturdido Santiago se despertó e incorporó sobre su catre, descubrió al instante que la música provenía del desván, y maldijo su estampa por no haber cerrado bien la caja la tarde anterior.

El anciano cogió su linterna de la mesilla de noche, caminó aterido de frío por el  largo pasillo hasta que llegó al punto de origen del sonido. Aferró con su gancho la anilla de la trampilla que ascendía al desván, tiró de ella y subió por la escalera. Al instante aquella música lo invadió todo.

La luz de la luna llena se colaba a borbotones por la ventana y, ante los ojos del anciano, subidos a la tarima de baile, Valentina y Manuel, ejecutaban con maestría un delicado baile de porcelana. El viejo hombre los observó, sus delicados muñecos bailaban y bailaban y a cada giro parecían buscar con sus miradas la aprobación de Santiago, que ya había empezado a llorar sonriendo.

Aquella visión impactó en extremo al pobre Santiago, sus piernas empezaron a temblar y su delicado cuerpo se sacudió en escalofríos de emoción. Al final, sus pies cedieron y sus brazos fueron incapaces de amarrarse a algo antes de la caída. Santiago se desplomó por la escalera de la trampilla y se precipitó hacia el suelo del pasillo.

Al final de la caída un sonido extraño acalló el “Para Elisa”, fue el estallar en añicos de su corazón de porcelana.