El arte de romperlo todo, de Mónica Vázquez

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En estos tiempos no siempre sabe uno cuando es políticamente correcto o no. Es extraño, pero en sociedades modernas y abiertas parece que siempre hay que hablar mordiéndose la lengua, buscando el eufemismo adecuado en lugar de la palabra adecuada. En resumen, cogérsela con papel de fumar para no cagarla (eufemismos modo off).

Con esa salvaguarda de las nuevas formas, del etiquetado inmediato, de neolenguajes y de posverdades, ser uno mismo pasa a ser una amalgama de lo que los demás te dictan subrepticiamente que seas, dentro de la libertad que te quede tras la exposición publica.

En cierta forma, este libro El arte de romperlo todo tiene un punto iconoclasta (innegable dado el título), respecto a los nuevos totems que se erigen sobre nosotros. Una especie de vía de escape, de salida por la tangente respecto al destino presupuesto de la protagonista: Miranda.

Es cierto que para escapar de tantas y tantas etiquetas es casi imperativo asomarse al abismo para descubrir la nada que tienes ante tí. Miranda llegó a ese punto. Y fue entonces cuando decidió cambiarlo todo, romperlo todo. Un espíritu libre como Miranda decide borrarse de esta realidad asfixiante y busca otro lugar donde encontrarse desde 0.

En su música, en su nueva libertad, Miranda se va encontrando a sí misma, y a la vez dibuja un camino, o al menos un arranque, una forma de dar los primeros pasos para escapar de lo establecido en el momento en que no estés mínimamente de acuerdo con ello, con lo que se espera que pienses y actúes.

Un canto a la libertad desde el hartazgo, el aborrecimiento y la desesperación. Miranda se rehace como todos podríamos rehacernos. Tan solo es cuestión de buscarte entre el ruido y preguntarte ¿Realmente soy feliz así?

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