El río guardó silencio, de Luis Esteban

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Cuando en su momento leí el libro La víspera de casi todo, de Víctor del Árbol, consideré el indudable aporte literario que otorga una profesión como la de policía. El trabajo en la calle, a la búsqueda directa de los escenarios donde se desarrollan los aspectos más crudos de nuestra sociedad, confiere de un conocimiento del alma humana en su estado más feroz.

En este libro El río guardó silencio, volvemos a encontrarnos con un policía documentado de primera mano para cualquier trama que se le ponga por delante. Zaragoza, mi ciudad, se convierte en ese espacio donde proyectar tantas y tantas experiencias reales transformadas en la imaginación para presentar una novela negra de impecable trama y espectacular resolución.

Con un lenguaje evocador y preciso, con un dominio abrumador del lenguaje para transmitir las sensaciones e ideas pretendidas, Luis Esteban se adentra en la resolución de dos casos entrelazados.

Ambas ramificaciones de la trama comparten en síntesis la idea de la prostitución (masculina y femenina), su peligroso mundo y sus habituales ignominiosos escenarios. Y en torno a ellas se tratan aspectos sensibles como la homofobia, como cualquier fobia llevada al extremo del más violento de los odios.

Porque El río guardó silencio es una novela negra, policíaca, una trepidante historia donde deambulan sobre la cuerda floja todos los personajes, desde el inspector de policía Roy hasta las víctimas que van apareciendo, incluyendo a personajes que debieran pertenecer a escenarios más granados de la sociedad.

John Wayne como personaje indirecto. Su foto sobre el cadaver de un chapero. La idea de un asesino homófobo como punto de partida para ir adentrándonos en una historia sórdida, con ese conocimiento de lo que se cuece en los bajos fondos por parte de un autor doctorado en asuntos sórdidos, gracias a su desempeño policial en la vida real.

Pero lo que pensamos circunscrito a la parte más baja de nuestra sociedad, a las noches y a los tugurios de la ciudad, acaba salpicando hasta a otra parte de la ciudad, donde se mueven los tipos trajeados y las mujeres elegantes.

Zaragoza y sus fiestas del Pilar como bullicioso trasfondo que da cabida a todo tipo de excesos, incluso los que puede provocar la violencia y los instintos homicidas.

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