Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud, de Luis Sepúlveda

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La fábula es una gran herramienta literaria que permite al escritor ficcionar a la vez que desperdiga un ideario existencialista, ético, social o hasta político. El toque de abstracción que supone la personalización de los animales, el ejercicio de visionar la trama desde una perspectiva transformadora como es la de un supuesto animal cargado de comportamientos humanos nos aleja y facilita un visionado más amplio y pleno de matices del argumento.

El resultado es siempre una doble lectura, una aventura en su sentido más estricto (como es el caso reciente de Los perros duros no bailan, de Pérez Reverte) y una intrepretación metafórica de cualquier aspecto humano, divisado sin posibilidad de prejuicios o etiquetas. Un caracol que habla, que medita su realidad y que toma sus decisiones más razonadas no nos dispone a una fácil empatía, así que simplemente leemos y divisamos como haría un psicoanalista con una jirafa tumbada en su diván.

Y sin embargo desde el extrañamiento de este tipo de lecturas nace la magia, el mensaje lanzado resulta más potente, la habitual moraleja en el descubrimiento de lo más profundamente humano transmutado en el animal sacude nuestras conciencias de manera clarividente.

El caso más emblemático de las fábulas para adultos fue aquel gran libro Rebelión en la Granja, de George Orwell. Gracias al cual se podia divisar con otro prisma la deriva del comunismo representado en esa granja repleta de esloganes Ahora le toca a Luis Sepúlveda con su “Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud”

El caracol protagonista de esta historia es eso, simplemente un caracol anónimo en un País lleno de caracoles. De la manera más insospechada, en nuestro amigo caracol se despierta esa chispa de la consciencia, de la identidad particular por encima de la asfixiante sensación de pertenencia, de la aceptada condicion de normalidad (¿te suena?). Inicialmente, lo que más le impacta a nuestro amigo caracol es la carencia de nombre, así como esa especie de condena, el lastre vital de la casa a cuestas que los hace moverse sumamente despacio. Bajo estos condicionantes, el primer nombre que podemos otorgar a nuestro caracol es “Rebelde”. Y como suele ocurrir en otros casos de rebeldes ilustres, suelen ser personajes que incitan a la revolución, a la insurrección, al replanteamiento del statu quo.

Nada mejor que viajar para ver mundo, atesorar experiencias y empaparse de otras realidades. Más allá del país de los caracoles, Rebelde encontrará a muchos otros seres con sus diferentes formas de ver el mundo.

Una crítica al etnocentrismo anulador, un fantasioso viaje hacia el descubrimiento de la identidad más particular como fundamento para convertirte en lo mejor de tí y afrontar como Rebelde cualquier tipo de conflicto.

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